El inmenso desafío que representa hacer teatro en Ecuador podría funcionar como metáfora de lo que significa vivir en un país en crisis. Usando como cita artística la pieza Esperando a Godot, de Samuel Beckett, las artistas Randi Krarup, María Fernanda Restrepo y Caymo Pizarro nos proponen un espejo dramatúrgico en el cual mirarnos.
Luego de haber llenado el Teatro Nacional Sucre en tres ocasiones, y de haber llegado a Cuenca, en el teatro Pumapungo, Un acto de fe vuelve a cartelera. Los próximos 6 y 7 de noviembre, la obra estará en el Teatro Shakespeare, del Paseo San Francisco, en Cumbayá.
Por Diego Cazar Baquero
“Estamos a la espera de un mejor gobierno, de un trabajo, de que no nos corten la luz, de que ojalá funcionen cosas tan básicas como la seguridad social; siempre estamos a la espera de algo mejor y eso nunca llega, pero la fe es lo último que se pierde”. Quizás estas palabras de la dramaturga ecuatoriano−danesa Randi Krarup basten para describir de un modo algo descarnado la motivación principal para crear Un acto de fe, su última obra teatral. Pero en el fondo se percibe algo mucho más complejo. Algo que ata la vida de cada individuo con la responsabilidad de la convivencia colectiva, con el sentido de habitar un territorio en sociedad en un país que parecería haber naturalizado la crisis, la violencia y, hasta cierto punto, el egoísmo.

Primera llamada. Randi y las actrices María Fernanda Restrepo y Caymo Pizarro llevaron Un acto de fe a las tablas del Teatro Nacional Sucre el pasado 12 de marzo de 2026, por primera ocasión. Llevaban cerca de un año de ensayos esporádicos. Sin financiamiento asegurado, sin un lugar estable donde ensayar y sin un texto fijo, la aventura creativa pasaba por la carencia real, como suele suceder en el medio artístico ecuatoriano. En carne propia, esa precariedad iba tomando cuerpo en un boceto de guion que siempre tuvo espacio para la espontaneidad.
Caymo Pizarro describió el vínculo que construyeron como un hecho de vulnerabilidad compartida: “Fuimos directamente a los temas sobre los que queríamos hablar −le dijo la actriz a la periodista Mariella Toranzos, de diario Expreso− y cómo lo queríamos hacer, y eso generó una química de muchísima confianza, muchísimo amor y muchísima escucha entre nosotras».
Las tres figuras dibujadas en los afiches de promoción de la obra aparecieron frente al público con sus personalidades y sus urgencias. Los presentes todavía discernían. Era difuso el umbral entre la ficción y lo demás.
Segunda llamada. El público no estaba enterado aún de que Randi había dirigido el proceso dramatúrgico sin un guion preestablecido. Fue una elección consciente. El propósito era que el texto surgiera, precisamente, de las vivencias de las tres creadoras y no al revés.
La gente había colmado el auditorio quiteño y ya desde los altavoces se había escapado la tercera llamada. Bajo el arco mágico rodeado por el telón ya recogido, surgió el primer intento, la primera línea: un reclamo tímido, una molestia en las actrices (¿o en los personajes?) que también incomodó a más de un asistente. El ruido entre las butacas interrumpía una y otra vez la intención de arrancar con la primera escena. Rabia. Vergüenza ajena. Superioridad moral. Silencio.
Cuando el impertinente ruido había cesado, la cuarta pared había terminado reducida a su mínima expresión.

Un acto de fe reproduce esas circunstancias limitantes en escena y hace que la precariedad se convierta en materia prima: la escasez como ingrediente creativo pero también como insumo para la arenga y para la protesta, tanto tiempo contenidas.
Tres actrices interpretan a otras tres actrices que intentan montar Esperando a Godot, la pieza de Samuel Beckett en la que dos vagabundos aguardan a alguien que nunca llega. Pero no pasan de la primera escena. El ensayo se interrumpe, se desvía y enseguida se contamina de vida propia. Lo que espera el artista es lo mismo que espera el ciudadano de a pie. Un milagro. En escena irrumpen la maternidad, la pérdida, el cansancio, la frustración, la violencia, la memoria y la crisis interminable de un país que hace teatro sin instituciones ni autoridades capaces de comprender su importancia social.
La premisa es el absurdo. Esperando a Godot “es una representación de lo que es ser ecuatoriano: siempre estamos esperando algo y ese algo nunca llega, sin embargo, no perdemos la fe”, dice Randi.
Mención especial merece la aparición de la cantante Denisse Santos, incluyendo Síndrome de Uppsala, de Biorn Borg, como un himno surreal y transitando entre el espacio ya intervenido por el caos, como ánima apocalíptica. Denisse -vocalista Can Can- cuida su presencia y se mantiene al margen de las tres protagonistas. Su rol es onírico. Una amalgama de frustraciones comprimidas en una premonición:
Mi sexto sentido de shamán jodido
me dice que todo, todo va a acabar mal
hay antenas de televisión
hay antenas de televisión
todo va a acabar mal.

María Fernanda Restrepo es cineasta y comunicadora. Su documental Con mi corazón en Yambo, que narra la experiencia de su familia al enfrentar la desaparición de sus hermanos en enero de 1988, durante el gobierno autoritario de León Febres Cordero, en manos de agentes policiales, también aparece de manera colateral en el resquicio de espontaneidad que las actrices se permiten.
Pero la documentalista se enfrenta ahora a una plataforma diferente.
“El cuerpo expuesto a un escenario siente en tiempo real muchísimo más porque está comulgando directamente y en vivo con un público −explica María Fernanda−; ese cuerpo respira, transita, transmite, da y recibe mucha energía de un público que está comulgando en ese mismo momento y lugar sensaciones muy variadas: el dolor, la risa, la emoción, el llanto”.
Un acto de fe es su tercera incursión en las tablas, pero luce como un nuevo espacio catártico. La gente la conoce y conoce su historia porque esa historia es colectiva. El personaje sobre las tablas se desdobla y ofrece destellos del ser humano que lo encarna. Es entonces cuando se asoma la hermana, la hija, la ciudadana y su bandera. Es ahí cuando juntas −personaje y actriz− nos recuerdan que esa causa es tan nuestra, tan ‘nacional’, que la espera sobre la que transita el drama teatral es también real. Las tres mujeres en escena esperan por nosotros porque esperan por sus propias causas personales y no hay contradicción en ese ritual.
Para Randi, la obra propone un intertexto que se entrelaza con la realidad de los tres personajes, “pero también es un intertexto sobre la realidad del Ecuador, este país en el que vivimos una realidad totalmente absurda, porque es absurdo estar constantemente a la espera de un milagro −sentencia−, por eso el catolicismo, la religión y el concepto de la fe tienen tanta fuerza, por eso es un acto de fe ser ecuatoriano y vivir en este país, y no se diga ser artista y hacer teatro”.
El código Beckett −para nombrar de alguna manera a ese caballo de Troya del que se sirvió la directora− ha renacido en la urgencia de contar al país desde el absurdo. Un país donde sobrevive la esperanza de días mejores aunque la sensación de que todo va a acabar mal no se acabe. Todavía.
Cartelera
Desde esa primera fecha abierta al público, en marzo de 2026, Un acto de fe ha desplegado alas y por sí sola se ha convertido en una declaración contundente de inconformidad y resistencia.
El 2 de mayo, la obra volvió al Teatro Nacional Sucre y nuevamente el público llenó el aforo. El pasado 15 de octubre, de nuevo el Teatro Nacional Sucre la acogió, con un público cercano y afectuoso. Días antes, el 3 de octubre, la obra llegó también a Cuenca, en el teatro Pumapungo, y ahora, Un acto de fe sigue su camino. Los próximos 6 y 7 de noviembre, estará en el Teatro Shakespeare, del Paseo San Francisco, en Cumbayá.



