Aunque las consecuencias son impredecibles, las condiciones actuales en la temperatura del océano hacen prever que las lluvias intensas están a la vuelta de la esquina. Los expertos han comenzado a comparar el evento de El Niño de este año con el de 1997 y 1998, que dejó cifras devastadoras de muertos, desplazados, heridos y pérdidas materiales.
Desde entonces, las condiciones han cambiado poco: a pesar de las experiencias pasadas hay más gente viviendo en zonas de riesgo y existen escuelas, hospitales e infraestructuras clave altamente vulnerables a inundaciones y deslaves. Según las cifras oficiales, 1.2 millones de personas, 3.1 millones de hectáreas de cultivos y 3100 kilómetros de vías podrían resultar afectadas.
Por Alexis Serrano Carmona
El Fenómeno de El Niño ya es una realidad en Ecuador. Para que sea oficialmente declarado, la temperatura del mar debe estar por encima de los rangos normales por al menos seis meses consecutivos. Esta condición se ha cumplido.
Aunque las consecuencias son impredecibles, las condiciones actuales hacen creer a los expertos que el fenómeno está en crecimiento, llegará a ser muy fuerte y su influencia será mayor entre noviembre de este año y marzo de 2027.
Esto ha llevado a compararlo incluso con El Niño más devastador que el país ha vivido en tiempos recientes, el de 1997 y 1998: 244 muertos, 147 heridos, 52 desaparecidos, 1641 casas destruidas, más de 20 000 damnificados y 5000 kilómetros de carreteras dañadas.
“El promedio histórico en septiembre es de alrededor de 21 grados centígrados (°C) de temperatura en el mar. Durante el evento de 1997, dicha temperatura estuvo 3 °C por encima. Ahora [septiembre 2026] tuvimos 4 °C por encima y eso es bastante significativo”, explica Juan José Nieto, expresidente del Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno del Niño (Ciifen), especialista en el tema.
“La gente se pregunta: ‘¿Cómo dicen que hay El Niño si no está lloviendo tanto?’. Lo que pasa es que existe una barrera de entre 26 °C y 27 °C, que se debe alcanzar para que empiecen las lluvias. Con los 21 grados normales más los 4 de aumento, estamos llegando a 25. Todavía no se supera esa barrera. Se espera que en los siguientes meses [octubre y noviembre] eso finalmente suceda y se den las condiciones para lluvias realmente intensas”.
Mientras más alto es el nivel de calentamiento, mayor es la certeza de que lloverá con fuerza y de que el nivel del mar se elevará. Con esto crece la probabilidad de inundaciones y deslaves; y otras consecuencias asociadas al evento: oleajes, erosión y sequías en algunas zonas. Las lluvias generadas por El Niño suelen concentrarse en la Costa, Galápagos y ciertas estribaciones de la Sierra y la Amazonía, y, a la vez, se dan sequías en la región Andina.
“Ya la señal es muy fuerte para el incremento de lluvias en la costa y las estribaciones de la Sierra que dan hacia el Pácifico; mientras que en las planicies interandinas y la Amazonía, la señal de sequía aún se mantiene en incertidumbre”, dice Nieto.

Con todos estos antecedentes, la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos (SNGR) declaró alerta roja el 29 de agosto, activando los comités de operaciones de emergencia cantonales y provinciales para coordinar acciones de preparación y de respuesta.
De hecho, el Comité Nacional para el Estudio Regional del Fenómeno de El Niño (Erfen), en un informe del 17 de septiembre, confirmó que para entonces la temperatura del océano llegó incluso a 4.5 °C por sobre el promedio.
“Se estima una probabilidad superior al 90 % de que el evento alcance una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026, principalmente en el Pacífico ecuatorial central. Sin embargo, la intensidad oceánica no determina por sí sola la magnitud de sus impactos en Ecuador”, aclara el documento.
¿De qué depende la fuerza del impacto? Para Nieto, la respuesta apunta a dos variables principalmente: la ubicación y la temporalidad. “Las zonas más susceptibles están en las cuencas bajas [provincias como Guayas, Los Ríos, Manabí, El Oro y Esmeraldas], donde es típico que haya inundaciones por lluvias y desbordamiento de ríos. Por otro lado, la época más dura del evento climático coincide con la época normal de lluvias en el país. El Niño actúa como un aditivo sobre la época invernal”.

País “débil” en prevención
Independientemente de cuáles serán las consecuencias de este fenómeno de El Niño, ¿Ecuador está listo para enfrentarlas? “En los últimos 80 años hemos tenido 10 eventos de El Niño importantes. Algo debimos haber aprendido, pero, lamentablemente, esto no ha sucedido”, dice Cristian Rivera, gestor de riesgos y profesor de la Universidad Central de Quito.
“Somos un país débil en prevención y sumamente reactivo —continúa—. Las ciudades propensas a inundaciones han crecido de manera desordenada, con asentamientos en zonas de riesgo, lechos de ríos y laderas. Diez años después del terremoto de 2016, aún existen hospitales en zonas inundables de Manabí. La Universidad de Esmeraldas no se ha recuperado tras el sismo de 2023, el Cuerpo de Bomberos de Bahía de Caráquez opera en un edificio no refaccionado desde 2016 y en Latacunga hay un hospital cerca del río Cutuchi, expuesto a inundaciones o actividad volcánica. Tampoco ha habido obras de mitigación, como desazolve o dragado de ríos”.
Rivera reconoce que, en comparación con 1997, el aporte técnico y científico de entidades como el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi) o el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada (Inocar) es mucho más significativo. Sin embargo, cree que esta información basada en pronósticos no está siendo aprovechada por autoridades ni ciudadanía.

“Hay cantones que recién están comprando maquinaria, mientras en otros aún ni empiezan los procesos de contratación pública. En vías claves no se conocen caminos alternos ni se dispone de puentes Bailey [puentes portátiles, prefabricados y modulares hechos de paneles de acero entrelazados] ubicados estratégicamente para sostener la conectividad y productividad del país”, dice Rivera.
Beto Estupiñán Toro, presidente nacional de la Asociación de Gestores Integrales de Riesgos, entidad dedicada a fortalecer las acciones frente a emergencias y desastres en Ecuador, pone en escena un factor clave: las zonas que fueron afectadas entre 1997 y 1998 no solo siguen habitadas, sino que su población se ha incrementado. Como consecuencia, aunque las capacidades institucionales hayan mejorado, numéricamente habrá un mayor número de afectados.
“En Esmeraldas —provincia costera de la que Estupiñán es oriundo— la población en estas zonas pasó del 10 % del total provincial en 2010 a aproximadamente un 20 %, aumentando la vulnerabilidad y la potencialidad de impacto”.
Lo preocupante es que el panorama es el mismo a nivel nacional. “En la provincia de Los Ríos tenemos problemas porque hay muchos valles de inundación. En Manabí, la falta de mantenimiento en obras de mitigación y la falta de control territorial replican exactamente esa misma vulnerabilidad”, dice Estupiñán.

Las cifras del riesgo
La realidad descrita se refleja incluso en las cifras oficiales del 10 de agosto. Según el Plan de Acción de la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos, en el país existen 1.2 millones de personas en zonas vulnerables, además de 370 000 viviendas en alta susceptibilidad: 172 000 por inundaciones y 198 000 por deslaves. Además, se cuentan más de 4000 escuelas y colegios en zonas de riesgo alto y medio.
La advertencia abarca gran parte del territorio ecuatoriano: 17 de las 24 provincias y 143 de los 220 cantones.
En cuanto al sistema de salud, hay 1021 establecimientos en zonas de alto riesgo de inundaciones y 856 en riesgo medio. A estos se suman 74 en sitios de alta vulnerabilidad ante deslaves y 412 en vulnerabilidad media, especialmente en las provincias de Guayas, Manabí, Los Ríos, Santa Elena, El Oro, Cotopaxi, Pichincha, Bolívar e Imbabura.
Otra de las principales consecuencias del fenómeno de El Niño suelen ser las afectaciones a la agricultura y al sistema vial. Según el documento, hay 3100 kilómetros de carreteras en peligro de inundaciones y deslaves, así como 3.1 millones de hectáreas de cultivo bajo amenaza. Casi 9 000 pescadores también corren peligro.
El plan, como decía Rivera, es principalmente reactivo, aunque también incluye un importante sistema de monitoreo y alerta temprana por parte de los organismos técnicos. Como parte de las acciones que ha implementado el Gobierno están la compra de 73 unidades de maquinaria pesada para atender posibles emergencias, a finales de septiembre anunció que preparará una red nacional de refugios para 567 000 personas y se ha reunido con algunas juntas parroquiales (el nivel más hiperlocal de gobierno) de las zonas afectadas para dar acompañamiento en sus propias medidas de prevención.
El plan también ordena mantenimiento a la red vial en las provincias de riesgo, pero sobre el tema aún hay escasos avances.
Entre el 29 de agosto y el 13 de octubre, la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos contabilizó 151 eventos adversos relacionados con las lluvias, la mayoría de ellos (casi 60) en Esmeraldas, seguidos de Los Ríos, Bolívar, El Oro, Guayas y Manabí.
Mongabay Latam solicitó información adicional a la entidad, respecto al cumplimiento del plan y las acciones llevadas a cabo como parte de las labores de prevención y atención humanitaria. Sin embargo, hasta el cierre de este reportaje no hubo respuesta.

El fenómeno de El Niño en el territorio
Existen muchas zonas en las que poco o nada ha cambiado desde El Niño de 1997-1998, y los testimonios hablan de eso. Estupiñán, el presidente de la Asociación de Gestores de Riesgos, reconoce que en Esmeraldas —una de las provincias más afectadas en ese entonces— el sistema vial ya no es el mismo, pero tampoco registra un cambio radical.
“Hay ciertos tramos de carreteras que ahora cuentan con hormigonado y ciertos taludes, por ejemplo, en la E15 y la E20. Pero otros son críticos, como el tramo Esmeraldas-Camarones-Pegüe-Tacusa-Colope, donde la falta de mantenimiento en cunetas o alcantarillas genera un deterioro constante”.
En la provincia de Esmeraldas, según explica, no se ha trabajado en el dragado de ríos como Esmeraldas, Teaone, Sucio, Canuto o Matambal, donde existe alta sedimentación provocada por la tala de árboles, lo que reduce la profundidad de los cauces y genera desbordamientos constantes.
A partir del año 2000, se construyeron cinco colectores de aguas servidas que han evitado que flujos de lodo sigan llegando a las zonas urbanas de la ciudad de Esmeraldas, la capital provincial. Sin embargo, en esa misma capital se encuentran zonas de alto riesgo, como las ubicadas en la isla Luis Vargas Torres.
“La infraestructura educativa ha mejorado, pero aún hay al menos 20 escuelas construidas en sitios vulnerables ante deslaves e inundaciones, según las cifras del propio Ministerio de Educación”, agrega Estupiñán y aclara que la situación es más grave en las zonas rurales.

Si la gravedad del Fenómeno de El Niño llegara a ser similar a la de 1997, ¿habría las mismas consecuencias? El experto destaca que, aunque las capacidades institucionales y las políticas públicas han mejorado, “numéricamente habrá un mayor número de personas afectadas, debido al incremento descontrolado de la población en zonas de alto riesgo”.
Con esa afirmación coincide Néstor Guanotuña, especialista en gestión ambiental y activista que ha monitoreado el clima y los efectos de El Niño en la provincia de Los Ríos, otra de las más golpeadas en el evento de 1997. En sus redes sociales, Guanotuña publica información y alertas sobre lluvias y condiciones climáticas. Durante El Niño de 2008 colaboró con la Defensa Civil trasladando damnificados, enseres domésticos y heridos al hospital. A través de la plataforma abierta OpenStreetMap, se ha dedicado a mapear zonas inundables en su provincia.
Guanotuña vive en Quevedo y explica que varios sectores de esa ciudad, que se inundaron con El Niño de 1997-1998, han sido rellenados con material extraído de los propios ríos. “En 1997 había mucho menos desarrollo urbano. Esto ha evolucionado por la expansión del perímetro de la ciudad”, asegura.
Sin embargo, el experto reconoce dos obras pensadas para mermar los efectos de un evento climático: la Ruta del Río y la represa Baba.

La Ruta del Río son cuatro kilómetros de carretera que funcionan como un dique y aíslan a la ciudad de la orilla del río Quevedo, lo que evita deslizamientos hacia un sector conocido como El Pantano, que tradicionalmente ha quedado bajo el agua. La represa Baba, en cambio, opera desde 2010, desviando 236 metros cúbicos de agua por segundo hacia la represa Daule-Peripa, evitando crecidas drásticas del río Quevedo que antes afectaban gravemente a la ciudad.
A pesar de esto, hay laderas en las zonas altas que siguen siendo vulnerables por la expansión poblacional en sectores de riesgo. “La familia creció, la hija se hizo de familia, construyó su casita, y cada vez más cerca de la ladera”, dice Guanotuña para graficar la situación.
El escenario en el resto de la provincia, primordialmente en zonas rurales, sigue siendo de mucha exposición ante desastres. “Los Ríos es sumamente vulnerable”, dice el experto refiriéndose especialmente al sector agrícola, en el sur, en el área de influencia de la cuenca del río Guayas, donde los terrenos están a menos de 50 metros sobre el nivel del mar y constituyen humedales permanentes. El tramo Jujan-Babahoyo se inunda de forma constante. “Babahoyo es una ciudad altamente expuesta y se estima que entre 100 000 y 150 000 hectáreas agrícolas (principalmente arrozales) se verían perjudicadas. En Quevedo, sectores como el Puente Sur (Cruz María) se inundan aún con inviernos leves. En Vinces, la misma situación”, explica Guanotuña.
Para él, hay otro factor importante: los efectos de la deforestación. Décadas atrás, argumenta, los inviernos registraban mayor pluviosidad (de 2000 a 3000 milímetros) y los ríos no se desbordaban. “Este es un asunto sistémico —concluye—. Los ríos se han convertido prácticamente en lodo. Sin cobertura forestal, las lluvias lavan el suelo y arrastran grandes volúmenes de sedimentos. Esto produce el azolvamiento del cauce de los ríos, que ahora se desbordan con menor cantidad de agua, debido a la deforestación de las montañas”.

Las especies y sus ecosistemas
Un punto sobre El Niño del que no todos hablan es la presión que ejerce sobre las especies y los ecosistemas.
La migración, los desplazamientos hacia el fondo del mar y comportamientos anómalos son apenas algunas de las muestras del paso del fenómeno.
Patricia Castillo-Briceño, bióloga marina, experta en biomedicina y profesora de la Universidad Laica Eloy Alfaro, de Manabí, pone dos ejemplos. El primero es el de las ballenas jorobadas, que en septiembre suelen estar en las costas ecuatorianas para seguir su paso hacia Colombia, Panamá y Costa Rica, pero que han llegado en un número muy inferior al habitual este año. El segundo caso es el de las mantarrayas, que hacen el mismo recorrido y prácticamente no se las ha visto este 2026.
Castillo-Briceño afirma que, además del calentamiento en la superficie marina, se expande hacia el fondo una frontera climática interna que se conoce como termoclina, que normalmente suele estar entre 10 y 25 metros de profundidad, pero ahora está llegando incluso a los 120 metros.
“Todo esto les afecta a nivel ecosistémico —explica—. La entrada de masas de agua cálida y pobre en nutrientes provoca una disminución del fitoplancton, algas y microalgas en la base de la cadena trófica. Mientras las especies migratorias pueden desplazarse, las especies locales, con poca capacidad de movimiento, sufren hambruna y mortandad”. La bióloga además comenta que se acelera el metabolismo de los organismos, aumentando su requerimiento energético justo cuando hay escasez de alimento. “Entonces, el déficit se vuelve una brecha más profunda”, dice.

Castillo-Briceño cita también alteraciones en los ciclos reproductivos, al desencadenar la maduración de gónadas y el desove en épocas no adecuadas.
Pero las especies marinas no son las únicas afectadas. Los ecosistemas terrestres también sufren alteraciones. A eso que la experta llama “estrés crónico del cambio climático”, se suma el estímulo agudo de El Niño, que genera destrucción en la capa superficial del suelo.
“A veces no tenemos presente la cantidad de vida que tiene el suelo. En los 10 primeros centímetros de superficie hay invertebrados, hongos y bacterias que sostienen y ayudan a mantener el ciclo de nutrientes para la vegetación más grande: árboles, pastos, arbustos”, dice Castillo-Briceño. Y a esto se suma la competencia desleal de especies invasoras.
Para la científica, conocer más sobre los efectos y los riesgos asociados al fenómeno de El Niño es indispensable para gestionar y tomar medidas preventivas, como fortalecer reservas naturales, establecer refugios y planes de rescate e incluso prevenir incendios forestales —que llegan también asociados a las zonas de sequía—. También es importante capacitar a la población para enfrentar el contacto con la fauna silvestre que se desplaza a zonas urbanas debido a las inundaciones y los deslaves.
“La información permite exigir políticas públicas basadas en evidencia científica —concluye—. Saber que sí podemos hacer algo, ser una parte activa. Entender todo esto nos ayudará a estar más preparados, tener respuestas más eficientes, pero, sobre todo, a no actuar desde el miedo, sino sobre una base de información”.

Esta es una publicación original de nuestro medio aliado Mongabay Latam.


