El Carpazo vuelve para combatir al miedo con música

El Carpazo, uno de los festivales de música independiente más importantes de Ecuador, regresa en 2026 tras nueve años de pausa. Su nueva edición combina autogestión, artistas nacionales y una apuesta por integrar la música con causas ambientales.

Bandas ecuatorianas como Swing Original Monks, San Pedro Bonfim, Tanque y La Máquina Camaleón serán parte de un cartel que cuenta también con participaciones internacionales como Ravia, Mel Mourelle y Jatun Mama, entre otras.


Por Ángela Lascano D. / @AngelaILD 

Este 11 de abril, El Carpazo volverá a realizarse en el Club La Campiña, en Quito. En la primera edición, Sudakaya, Sal y Mileto, Mamá Vudú y Rocola Bacalao tocaron en el Estadio de Chaupicruz, bajo una carpa común y corriente. Aunque no era de circo, sostenía la lógica primaria del festival: ser un techo bajo el cual tocar, sin que el sonido se disperse ni el sol deslumbre ni la lluvia lo interrumpa todo.

El sufijo (-azo) nombra aquello que irrumpe con fuerza en lo colectivo: algo que crece, convoca y deja huella. Con la idea de que una carpa es necesaria porque en el país no existen lugares suficientemente adecuados donde hacer música, nació El Carpazo.

A lo largo de sus ediciones, el festival enfrentó obstáculos que no lograron detenerlo. Hubo momentos críticos, como cuando, a menos de 24 horas del evento, las autoridades aún no habían emitido los permisos necesarios, poniendo en riesgo su realización. Pero también quedaron escenas llenas de vida, como cuando Igor Icaza, de Sal y Mileto, bajó del escenario para sumarse al pogo junto a su hijo, el también músico Sak Icaza. Episodios que reflejan un espacio donde, a pesar de los contratiempos, siempre prevaleció la música, el pogo y el impulso de construir algo en común.

Público durante un concierto dentro de la carpa principal del festival. Créditos: Estudio Morrón.
Asistentes descansan y comparten en los espacios abiertos del festival. Créditos: Cesar Morejón

El Carpazo se suspendió en 2017. Un año antes, en 2016, el festival ya había enfrentado dificultades de gestión tras el terremoto de abril, que afectó especialmente a las zonas costeras y ocurrió semanas antes de la fecha prevista. En ese contexto, la organización tuvo que postergar el evento, reprogramar vuelos de artistas internacionales y asumir otros imprevistos que generaron grandes pérdidas económicas. En 2017, el festival estaba previsto para el 7 de octubre, pero días antes se anunció su cancelación debido a la baja venta de entradas.

¿Por qué volver?

José Fabara, exintegrante de Rocola Bacalao, creador y promotor de El Carpazo, cree que el mundo actual, el país lo necesitan. “Con todo lo que pasó -o lo que está pasando en el mundo- hay inseguridad, hay miedo, hay mucho miedo. Y no podemos vivir con miedo. Tenemos que salir, encontrarnos, liberar un poco. Y una de las maneras de hacerlo es justamente esa: encontrándonos y divirtiéndonos, con alegría, con baile, con música», responde.

El Carpazo marcó un hito al convertirse en el primer festival de música independiente del país en cobrar entrada y en hacerlo de manera exitosa. Desde sus inicios, priorizó a las bandas nacionales como artistas principales. Este año presenta a Swing Original Monks, La Máquina Camaleón, Tanque, San Pedro Bonfim, Jatun Mama (Imbabura), Mel Mourelle (Esmeraldas), Flix Pussy Cola, Funkee Bom, Melissa Santa María y Ravia, como parte de las propuestas locales. Desde la escena internacional, el festival recibirá al artista colombiano de rap y hip hop Crudo Means Raw, quien se presentará por primera vez en Ecuador.

Gabriel Baumann, Nathalia Madrigal y Álvaro Obadía, integrantes de la banda Swing Original Monks, parte del cartel 2026. Cortesía de la organización El Carpazo.
El rapero colombiano Crudo Means Raw, invitado internacional de El Carpazo 2026. Cortesía de la organización El Carpazo.

“Para mí siempre es importante cómo el músico interpreta sus obras cuando está en la tarima -comenta Fabara-, y también si tienen un mensaje que sea profundo, no necesariamente político, pero sí una letra que vaya un poquito más allá de las cosas banales del día a día. Y si es así, que sea de una manera poética o bonita. Cómo cuentas tu historia también me parece superimportante”.

El festival no se limita a la música. Desde sus inicios ha incorporado una dimensión ambiental que este año se concreta en una alianza con la Fundación Cóndor Andino. Por cada entrada vendida, un dólar será destinado a procesos de investigación y conservación en los bosques nublados del noroccidente del país, especialmente en torno al águila andina, una especie en peligro crítico de extinción.

Para Sebastián Kohn, presidente de la Fundación, la alianza es estratégica pero también simbólica. “Sabemos lo duro que es vivir de la música, al igual que de la conservación. Son dos ramas muy importantes”, dice.

La Fundación trabaja desde una base técnico-científica: investiga especies, identifica amenazas y, a partir de eso, impulsa acciones de conservación o recomendaciones a las autoridades. En este caso, los fondos del festival no irán al programa más conocido, el del cóndor andino, sino a fortalecer procesos en los bosques nublados del noroccidente, donde habita el águila andina, considerada un depredador tope clave para el equilibrio del ecosistema.

Pero el vínculo con El Carpazo responde a la lógica de generar conversación. “Qué mejor momento que un festival de música, donde la gente está divirtiéndose, con la mente abierta, para hablar de estos temas”, explica Sebastián. Además, señala que, en un país que está entre los más biodiversos del mundo, pero donde los bosques nublados enfrentan presiones crecientes como la expansión minera y el avance de la frontera agrícola, esa conversación se vuelve urgente. La pérdida de estos ecosistemas, a su vez, implica también la pérdida de fuentes de agua, de equilibrio climático y de formas de vida.

“La gente ya conoce más del tema, pero necesitamos pasar a la acción”, señala Sebastián. Y en esa transición, explica, espacios como El Carpazo funcionan como un punto de entrada para conectar el disfrute con la responsabilidad ecológica. El presidente de la Fundación, además, tiene un vínculo directo con el festival, puesto que él vivió las anteriores ediciones.

Para José Fabara, la incorporación del componente ambiental está vinculada a su propia formación como ecólogo. En ese sentido, El Carpazo ha buscado articular música y conservación como parte de su propuesta desde sus primeras ediciones. 

Fabara añade que el festival se sostiene en un contexto complejo para el sector cultural. Según explica, la escena musical independiente continúa enfrentando limitaciones estructurales, como la falta de espacios adecuados, escaso apoyo institucional y dificultades para sostener proyectos a largo plazo.

En ese escenario, el festival opera bajo un modelo de autogestión. Sus principales fuentes de financiamiento son la venta de entradas, patrocinios de empresas privadas y actividades asociadas al evento. Además, genera ingresos para distintos actores involucrados en su producción, incluyendo artistas, técnicos, proveedores y trabajadores de servicios.

¿Qué emociones se llevará el público luego de esta edición del festival?

“Libertad total -dice Fabara, sin dudarlo-, un desfogue, una emoción que se siente en la piel. De esos momentos en los que dices: ‘esto estuvo increíble, este fue un día perfecto’. La gente que ya ha ido lo sabe porque lo ha vivido. Y quienes vayan por primera vez, estoy seguro de que será uno de los días más felices de su vida”.

El Carpazo nació por la necesidad de crear espacios donde tocar. Hoy regresa en otro contexto, pero con una urgencia similar: ofrecer un lugar para el encuentro. Un espacio, aunque sea temporal, donde la música permita soltar el miedo, la incertidumbre y, por unas horas, habitar algo más cercano a la libertad.

Afiche oficial de El Carpazo 2026, con la programación de artistas. Cortesía de la organización El Carpazo.
Foto: Estudio Morrón


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