En Cayambe, en la provincia andina de Pichincha, está disminuyendo el caudal que alimenta el reservorio de San Marcos, desde donde se distribuye agua de riego para los campos florícolas, agrícolas y ganaderos, y potable para la población urbana.
Investigadores de la Universidad Yachay Tech registraron que en los últimos 48 años ha habido mayor derretimiento en los glaciares ubicados en los flancos sur y oriental del volcán. De la zona nororiental proviene el agua del reservorio, por lo que, junto al gobierno provincial de Pichincha, trabajan para saber qué está sucediendo y qué alternativas existen.
Desde la casa de Hugo Erazo, presidente de la Comuna Santa Ana de Olmedo, en el norte de los Andes ecuatorianos, se puede ver la cumbre blanca del volcán Cayambe. En los 15 años que ha vivido en la zona, asegura, ha atestiguado el retroceso del glaciar. Su observación no es equivocada, confirman especialistas a quienes les preocupa que esta sea la causa de la disminución de los caudales que alimentan el reservorio de San Marcos, que abastece al canal de riego Cayambe-Pedro Moncayo y al proyecto de agua potable Pesillo-Imbabura.
El agua proviene en parte del deshielo de los glaciares del volcán Cayambe, explica Alfonso Recalde, especialista hidrólogo del canal administrado por el Gobierno Autónomo Descentralizado (GAD) de Pichincha. La pérdida de masa glaciar motivó a su equipo a investigar cómo este proceso podría modificar la disponibilidad de agua. Esto ya ha sucedido en comunidades como Copa, en la Cordillera Blanca, Perú.
El decrecimiento de los caudales en la laguna de San Marcos pondría en riesgo la producción de 6 000 floricultores, agricultores y ganaderos que ya se están beneficiando del canal de riego, aunque la proyección es llegar a 12 000 hasta 2028, de acuerdo con Karen Hidalgo, coordinadora de mantenimiento y operación del canal.

Esto se debe a que, según la ley ecuatoriana, cuando hay escasez de agua se debe priorizar el consumo humano. En este caso, se priorizaría al proyecto de agua potable Pesillo-Imbabura, afectando al canal de riego.
“Es un hecho, tenemos una reducción bastante abrupta de nuestras fuentes, esto es atribuible a un fenómeno global”, dice Recalde. Se refiere al cambio climático, fenómeno al que científicos le atribuyen la principal responsabilidad del derretimiento acelerado de glaciares.
Para tener información técnica y científica que permita tomar decisiones y evitar el desabastecimiento, el GAD de Pichincha y la Universidad Yachay Tech firmaron en 2025 un convenio de monitoreo hidrológico, climático y glaciológico, cuenta Rubén Basantes, glaciólogo e investigador principal del proyecto en la Escuela de Ciencias de la Tierra de la institución.
El objetivo, explica el glaciólogo, es que el monitoreo de las condiciones hidrológicas y meteorológicas permita entender el comportamiento de las fuentes hídricas en la zona y, a medida que se tiene más conocimiento de las cuencas, implementar acciones de adaptación y conservación del agua mejorando la gestión de fuentes superficiales y subterráneas.
Datos que apuntan a la disminución del caudal

La laguna de San Marcos está ubicada al nororiente del volcán Cayambe, en la zona limítrofe entre Pichincha y la provincia amazónica de Sucumbíos, detalla Recalde. Hidalgo explica que esta laguna natural fue ampliada mediante la construcción de una presa para incrementar su capacidad de almacenamiento que, según estudios recientes, es de aproximadamente 8 millones de metros cúbicos.
El proyecto del canal de riego se empezó a esbozar en 1978, pero no hubo avances hasta que se le dio un nuevo impulso en la década de 1990 y, finalmente, en los 2000 empezó la construcción. Las últimas obras se concretaron en 2020, año en el que también se inauguró el canal, cuenta Hidalgo. Añadió que la obra reemplazó en parte a antiguas acequias y permitió llevar riego por primera vez a las parroquias Tocachí y Malchinguí.
El proyecto Pesillo-Imbabura, por otro lado, busca garantizar el suministro continuo de agua potable para cerca de 250 000 habitantes de cinco cantones del norte de los Andes ecuatorianos. Este medio intentó contactar en reiteradas oportunidades a Norman Lalangui, vocero del proyecto, para pedirle información sobre el avance de las obras y de la urgencia de estudios de caudales, pero no contestó.

Hidalgo asegura que así como en el caso del canal de riego, la obra de agua potable está en funcionamiento de manera parcial. Aunque aclara que al momento no hay déficit, a medida que ambos proyectos alcancen la cobertura planificada, la disponibilidad de agua se volverá un tema más urgente.
Para conocer mejor el comportamiento de los aportes de agua al sistema, Recalde y su equipo instalaron en septiembre de 2022 estaciones hidrológicas con sensores de radar en las captaciones de los ríos Arturo, Boquerón y San Pedro. Los equipos registran el nivel del agua cada cinco minutos. A partir de estas mediciones se calculan los caudales captados. Para el especialista, los hallazgos fueron determinantes. El caudal se estaba reduciendo y era necesario profundizar los estudios.
Erazo, que se dedica a la producción de lácteos y de alimentos para el consumo familiar, también ha observado la disminución de caudales. En su caso, asegura, se refiere a la cantidad de agua en las acequias para el cultivo de pastos destinado al ganado.

Durante los últimos meses, en el norte y centro de los Andes las precipitaciones “se mantuvieron bajo lo normal” mientras que hubo “elevada radiación solar”, de acuerdo con el Comité para el Estudio Regional del Fenómeno de El Niño. Esto, a criterio de Erazo, agotó aún más el hielo del Cayambe, de donde también proviene el agua de la acequia. “En temporada de invierno sí hay más glaciar”, señala. Pero la falta de agua ya dejó consecuencias. “La producción de leche ha bajado”, asegura.
El retroceso de los glaciares no es uniforme
El convenio para el estudio hidroglaciológico entre el GAD de Pichincha y Yachay Tech se firmó a fines de 2025. Los primeros meses se han ocupado en la compra de sensores y equipos que servirán para el monitoreo de las cuencas glaciares, relata Basantes.
Mientras tanto, se ha establecido una línea base del estado de los glaciares en el volcán. Mediante reconstrucción glaciar con base en fotos aéreas históricas, el equipo del glaciólogo halló que desde 1978 el Cayambe ha perdido 0.5 metros equivalentes de agua al año, lo que ha provocado una reducción del 42 % de la superficie glaciar.

“Es como si el casquete hubiera perdido, en promedio, unas 3800 piscinas olímpicas de agua cada año durante 48 años”, precisó. En ese lapso, hubo mayor derretimiento en los flancos sur y oriental del volcán.
Este es un dato importante porque los ríos Arturo, Boquerón y San Pedro nacen de los deshielos nororientales del nevado Cayambe. A su paso se alimentan de las lluvias y las aguas subterráneas. Es decir, si se acelera la pérdida de los glaciares, estos ríos perderían una de sus fuentes de abastecimiento, amenazando la provisión para el canal de riego y el agua potable, explica Basantes.
El retroceso diferenciado de los glaciares obedece a su forma y a la manera en la que están repartidos, dice el glaciólogo. Detalla que en el norte, los glaciares están en partes del volcán con una pendiente mayor a 30 grados, por lo que tuvieron su mayor retroceso a mediados del siglo XX. Ahora están menos expuestos.

Los glaciares del sur, en cambio, son más grandes y sus lenguas estaban muy por debajo de la línea de nieve, lo que los expuso a mayores temperaturas y precipitaciones líquidas. Esto, junto al aumento de las temperaturas en el planeta, provocó que en el último medio siglo se derritieran a una tasa mayor.
Ahora, los especialistas de Yachay están tratando de diferenciar lo que sucede en cada lengua, como se llama a cada parte de un glaciar que se desliza hacia abajo por un valle, parecida a un gran río de hielo. Para eso realizarán un análisis topográfico.
Pero también hay otras preguntas por responder, relacionadas con cómo influyen en el retroceso de los glaciares del Cayambe el clima regional, la circulación atmosférica, el fenómeno de El Niño, la temperatura del Atlántico, los flujos húmedos de la Amazonía, entre otros. “Los glaciares son un indicador climático, podemos ver en el hielo cómo responden a lo que sucede en el entorno”, asegura el especialista.
El aporte de los glaciares a los caudales

Basantes precisa que se instalarán estaciones de monitoreo hidrometeorológico para obtener datos de precipitación, temperatura y caudal. Tres de ellas se ubicarán en los ríos San Jerónimo, Toldadas y Montoneras, en la vertiente oriental. Los especialistas quieren conocer si estos afluentes pueden convertirse en una fuente adicional para captar agua.
Además, se han colocado balizas glaciológicas -estacas que sirven para medir cuánto se encoge el hielo- y se realizará un seguimiento de los cambios morfológicos.
Estas tres variables –hidrológica, meteorológica y glaciológica– son fundamentales para entender el balance hídrico en un sistema de alta montaña y glaciar tropical como el Cayambe, explica Basantes.

Otro objetivo es conocer qué cantidad de agua viene de precipitación, deshielo y captura de agua de los páramos. Para eso se van a realizar estudios isotópicos, una técnica que permitirá rastrear el origen del agua.
A Basantes le interesa diferenciar cuál es el aporte de los glaciares, mientras que Recalde quiere responder a la pregunta de a qué factores responde la disminución de los caudales. “La idea de tener este estudio es tomar decisiones sobre datos técnicos y científicos”, ratifica Hidalgo.
El convenio entre las dos instituciones se extenderá por dos años, pero Basantes espera que pueda renovarse o encontrar otras fuentes de financiamiento para continuar con el monitoreo del Cayambe a largo plazo.

En Ecuador, el glaciar 15 del Antisana es el único “bien documentado”, asegura Basantes. Esto ha permitido conocer qué pasa en los glaciares del occidente de la Cordillera de los Andes, pero para observar cómo se comporta un glaciar del oriente, hay que continuar con el estudio del Cayambe, dice.
“Sería uno de los primeros casquetes amazónicos en ser estudiado, veríamos de forma clara este tipo de glaciares que parecen más grandes y mejor preservados”, insiste.
Para Erazo, la contribución que puedan hacer los científicos es crítica. “El deshielo del nevado puede significar racionamientos de agua. Esto puede ser peligroso, puede golpear a la economía, sin contar el impacto de la escasez de agua potable”, advierte.
De acuerdo con el docente de Yachay, a finales de septiembre se instalaron los dos primeros sensores hidrológicos del proyecto, después se instalará una estación meteorológica y el siguiente paso será colocar un sensor en un glaciar de la cuenca nororiental.



