El conflicto se originó en los años 80, cuando los límites de esta área protegida se trazaron sobreponiéndose a comunidades shuar y colonas. Dentro del Parque Nacional Sangay, 806 hectáreas fueron deforestadas hasta julio de 2025.
El Corredor Ecológico Llanganates-Sangay también está amenazado por la ganadería: en la zona más afectada se perdieron 136 hectáreas de bosque hasta julio de 2025. La expansión pone en riesgo a jaguares, tapires, osos de anteojos y especies endémicas y en proceso de descripción.
La expansión de los pastos ganaderos dentro de áreas protegidas en la Amazonía ecuatoriana continúa a pesar de que las leyes ambientales lo prohíben. El reporte #236 del Proyecto Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP) de Amazon Conservation registró los puntos más afectados del Parque Nacional Sangay y del Corredor Ecológico Llanganates Sangay (CELS), con 806 hectáreas y 136 hectáreas deforestadas respectivamente.
“Nos preocupa la expansión pecuaria porque es un impacto fuerte sobre zonas de importancia ecológica”, dice Jorge Villa, especialista en sistemas de información georreferenciada de la Fundación Ecociencia, organización que levanta la información para los informes de MAAP relativos a Ecuador.
En la Amazonía, cerca del 75 % de la superficie agropecuaria corresponde a pastos, de acuerdo con el reporte. Las áreas protegidas son especialmente afectadas, donde entre 1985 y 2024 se registró una pérdida del 25 % de la cobertura forestal para la apertura de áreas para ganado.

“Nos sorprendió lo que existe en el Parque Nacional Sangay, aunque no es la única área protegida con pasturas”, señala Villa. Con una superficie de 518 000 hectáreas, pasó de tener 328 380 hectáreas de cobertura boscosa en 2020 a 327 051 hectáreas en 2024, de acuerdo con Wagner Holguín, coordinador de Mapbiomas Ecuador. Es decir, solo en cuatro años se perdieron alrededor de 1329 hectáreas de bosque, una superficie equivalente a 1860 campos de fútbol.
Aunque hay pequeños parches de deforestación en los bordes internos de gran parte del área protegida, la expansión de pastos para ganado se concentra en el suroriente, en el cantón Sucúa, explican Villa y Holguín.
En el CELS, que tiene una superficie cercana a 92 000 hectáreas, la cobertura boscosa pasó de 78 468 hectáreas en 2020 a 77 917 hectáreas en 2024. Aquí, el reemplazo del bosque por el ganado crece principalmente a lo largo del río Anzu.

En ambos casos, el equipo de MAAP confirmó que se trata de tala para ganado por el dinamismo de la actividad. A través de las imágenes satelitales, los especialistas identificaron los ciclos de los pastos: pasaron de verdes a secos y nuevamente a verdes. Esto sucede porque los ganaderos mueven a las vacas de lugar una vez que el pasto se agota. Dentro de los pastizales también hay pequeñas áreas de cultivos, pero la mayoría de la superficie es usada para alimentar al ganado.
Uno de los parques más biodiversos del neotrópico
“Cada hectárea que se bota al suelo provoca la pérdida de un montón de especies endémicas, de especies que incluso no han sido nombradas por la ciencia”, dice Jorge Brito, investigador de mamíferos del Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO). “Sobre todo en el Sangay, que es uno de los parques más biodiversos del neotrópico”, agrega. Por eso, en 1983, la UNESCO lo declaró Patrimonio Natural de la Humanidad.
En esta zona habita una gran cantidad de mamíferos, de acuerdo con Brito, como el jaguar, el tapir o el oso de anteojos. Pero también está la vida pequeña y miniatura, como llama a los marsupiales, roedores, murciélagos e insectos, “cada uno fungiendo su rol en el ambiente”. Además, están las especies por conocer y describir. Por ejemplo, dice, él y un grupo de colegas están describiendo una nueva especie de puercoespín que habita bastante cerca de la zona afectada.

A pesar de esta riqueza, la deforestación no ha sido detenida. El área de estudio tomada por pastizales pasó de 566 hectáreas en 2023, el año base, a 649 hectáreas en 2024 y a 806 hectáreas en julio de 2025. En otras palabras, desapareció una superficie de bosque equivalente a 1128 canchas de fútbol.
“Ya existían pastos en la zona, pero vimos que en 2024 y 2025 las zonas productivas empezaron a crecer bastante”, puntualiza Villa. Para el experto, esto es “alarmante” porque se trata de áreas donde las leyes prohíben este tipo de actividades.
El equipo de MAAP también identificó vías que funcionan como accesos directos hacia los pastos y puntualiza que ya está comprobado que este tipo de infraestructura facilita la deforestación. Villa explica que las aperturas viales no son tan informales como se pensaría, al estar prohibidas en áreas protegidas, y han sido creadas hace tiempo.

A partir del ramal principal identificaron caminos más pequeños, rústicos y nuevos que llevan a viviendas y zonas productivas. Esto confirma el crecimiento de la red de carreteras, indica el especialista de MAAP. “Recomendamos que las construcciones viales estén normadas bajo el contexto ambiental para que el impacto sea el mínimo y no como el que vemos actualmente”, dice.
Viejos conflictos en el Parque Nacional Sangay
“Esta zona siempre ha tenido conflicto con las comunidades locales”, dice Brito. El especialista del INABIO relata que en la década de 1980, cuando se expandieron los límites del parque, “lo hicieron desde el laboratorio, dejando adentro a las comunidades”. Es decir, se establecieron los límites tomando en cuenta solo criterios técnicos, sin reconocer que indígenas y colonos habitaban allí.
Holguín detalla que la herramienta Mapbiomas permite ver que en la parte Andina del área protegida, sus límites se sobreponen a un segmento de las comunidades indígenas Natabuela y Cañaris. Mientras tanto, en el lado amazónico, el parque cubre una parte de las comunidades indígenas Centro Shuar Natentza, Singuyantza y Cooperativa Shuar Santa Teresita. Las comunidades Huacana Santa Rosa y el Centro Shuar Tsenkeankas está enteramente adentro. También se sobrepuso a antiguos asentamientos de colonos.

Por eso, las actividades agropecuarias no son nuevas, explica el especialista. En 1985, el primer año con información disponible, en todo el parque ya existían 11 000 hectáreas de mosaico agropecuario. La cifra subió a 12 338 hectáreas en 2020 y a 13 727 hectáreas en 2024.
En el cantón Sucúa, en el suroriente del parque se concentra la actividad ganadera: 3075 hectáreas fueron usadas para agricultura y ganadería hasta 2024, de acuerdo con Mapbiomas. Allí habitan comunidades indígenas y mestizas que se dedican principalmente a la ganadería, que está creciendo de manera llamativa a lo largo de pequeños ríos y alrededor del sector El Diamante, según los datos que muestra MAAP en su reciente reporte.
“En esta zona, el personal del Ministerio de Ambiente ni siquiera ingresa porque no hay buena comunicación local”, asegura Brito. “Están conflictuados con un pueblo que también tiene derechos ancestrales de ocupación de su territorio”, añade.

Mongabay Latam preguntó al Ministerio de Ambiente y Energía y al Gobierno Autónomo Descentralizado de Sucúa sobre las acciones de control y regulación que ha llevado a cabo, pero el organismo no respondió a la solicitud de información.
La actividad humana crece en el corredor
El Corredor Ecológico Llanganates Sangay (CELS), declarado en diciembre de 2022, enlaza al Parque Nacional Llanganates con el Parque Nacional Sangay. No está dentro del Sistema Nacional de Áreas Protegidas, que cuenta con el mayor nivel de protección, a pesar de tener más especies de plantas que las Islas Galápagos y más especies de aves, reptiles y anfibios que el Parque Nacional Yasuní, de acuerdo con el reporte.
“Uno de los atributos que le favorecieron para ser declarado sin mayor contratiempo es que tiene áreas bien conservadas de remanentes de bosque”, señala el biólogo Gorki Ríos Alvear. Cerca del 50 % de sus 92 000 hectáreas de superficie está bajo esquemas de conservación, ya sea de iniciativas particulares, privadas o de los gobiernos autónomos descentralizados, asegura el investigador.

No obstante, la deforestación está afectando a las zonas sin protección y de topografía más accesible. Holguín, de Mapbiomas, encontró que 119 000 hectáreas fueron afectadas por actividades agropecuarias hasta 2024. La expansión se ha dado históricamente a lo largo del río principal, el río Negro, que es paralelo a una vía que une la ciudad andina de Baños con Puyo, la capital de la provincia amazónica de Pastaza.
En el punto más crítico registrado por MAAP, hasta 2023, 92 hectáreas fueron intervenidas para la creación de pastos. La cifra aumentó a 119 hectáreas en 2024 y a 136 hectáreas en julio de 2025. Esto equivale a perder bosques a lo largo y ancho de una superficie de 190 canchas de fútbol juntas.
El valor parcial registrado en 2025 representa más del 60 % de la superficie intervenida en todo 2024, lo que permite anticipar un incremento “considerable” hacia finales de año, se lee en el informe. Además, el equipo de MAAP detectó 0.82 hectáreas de pastos dentro de los límites del Parque Nacional Llanganates.
Una zona con poca protección

El lugar con cambios más fuertes de uso de suelo corresponde al bosque piemontano, explica Ríos Alvear. “Ahí se concentra bastante la biodiversidad”, asegura. Esto se debe a que es un ecotono, es decir, una zona de transición donde habitan especies de zonas altas y bajas. Por ejemplo, el tapir de montaña y el tapir amazónico acuden en busca de alimento.
El biólogo e investigador señala que se prevé que haya más degradación en los bosques circundantes a los centros poblados. En esos puntos, dice, hay registros de jaguares que no son aislados ni esporádicos. “Hemos identificado individuos que han regresado después de meses o años, a veces con crías y a veces solos. Es una zona de refugio de especies de mamíferos grandes”, describe. Advierte, además, que el cambio de uso de suelo genera un efecto de distanciamiento y elusión.
La gestión y control del CELS recae en los gobiernos de las provincias de Pastaza y Morona Santiago, de acuerdo con Ríos Alvear. Mongabay Latam preguntó al Gobierno Provincial de Pastaza –donde se desarrolla el caso de estudio de MAAP– si lleva a cabo acciones de zonificación territorial, conservación de bosques y riberas, e implementación de programas productivos sostenibles, pero no hubo respuesta.

“En estas áreas es más complejo impedir el crecimiento de estos procesos debido a las necesidades económicas y productivas, sin embargo, el llamado es para que se pueda dar de la mejor manera, manteniendo los servicios ecosistémicos”, puntualiza Jorge Villa, de MAAP.
Los expertos consultados por Mongabay Latam plantean que para reducir la presión en los parques nacionales y corredores de conectividad hace falta mayor presencia del Ministerio de Ambiente y Energía. “Eso sería lo ideal, pero en la práctica, cuando un ministerio carece de recursos, este tipo de cosas quedan relegadas al último plano”, dice Ríos Alvear.
Holguín, de Mapbiomas, resalta que está comprobado que las áreas naturales protegidas son barreras en contra de la deforestación, pero concluye señalando que es necesario fortalecer la gestión ambiental para detener el crecimiento de la frontera agropecuaria.

Esta es una publicación original de nuestro medio aliado Mongabay Latam.

