Por Rommel Aquieta Núñez
Hanami (2024) es la ópera prima de Denise Fernandes, directora portuguesa que alcanzó con este largometraje una mención especial y el galardón como Mejor Directora Emergente en el Festival de Cine de Locarno, uno de los certámenes internacionales de cine más reconocidos alrededor del mundo. El encuentro ofrece un espacio para la renovación y la libertad artística de nuevos talentos que buscan contar historias de formas innovadoras.
Precisamente eso es lo que se alberga en Hanami, una forma distinta, nueva, atrevida y especialmente bella de contar la historia de Nana, una niña que crece separada de su madre en una isla volcánica, buscando respuestas que le permitan rastrear su propia identidad. El largometraje, de 96 minutos de duración, conjuga paisajes extraordinarios con historias humanas, permite que el mar se transforme en un escenario mágico y vivo donde se propician encuentros intergeneracionales y se redescubren trozos de tiempo entre los recuerdos y la memoria.
La identidad, la pertenencia, el exilio y el regreso forman parte de los temas que el filme recoge para delinear el camino, el pasado y el presente de su protagonista. Sus búsquedas personales -detalladamente expuestas con un conjunto de potentes imágenes y códigos estéticos- se entrecruzan en todo momento con los resquicios de la ancestralidad y la ternura que rodean a la historia central.

La cinta nos transporta y nos permite tocar la arena negra de la isla volcánica con nuestros pies, escuchar el sonido de las olas y el viento, en sincronía casi perfecta con la música de fondo. Los sentidos se activan y provocan que nuestra piel sienta la caricia del sol y la brisa salina. De inicio a fin esta producción nos invita a viajar entre la realidad y los sueños, entre un ayer y un hoy donde se dibuja la idea del futuro.
Hanami es, sin duda, una película de oscilaciones. Su movimiento de vaivén permite que el espectador descubra no solo un relato atravesado por la cultura y la ancestralidad, las creencias, los mitos y las historias de pescadores y sirenas, sino que además -en su fluctuación- nos lleva a descubrir la construcción de una mirada melancólica y reflexiva que no acepta el exilio voluntario, y la migración como parte de la vida.
Esta joya cinematográfica llegó a Quito por primera vez, junto a otros tres largometrajes, como parte de la selección del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos (FICDH). En el marco del mes de las Mujeres Trabajadoras, el ciclo internacional de cine presenta una serie de historias extraordinarias contadas a través de producciones de altísima calidad que sin duda no pueden dejar de verse.
En Japón, Hanami es la costumbre tradicional de disfrutar la belleza de las flores, principalmente la floración de los cerezos. La película que lleva el mismo nombre acerca a quien la mira a esa misma sensación: el disfrute de la belleza del florecimiento, el florecimiento de la vida.


