La falta de comunicación con su hija llevó al mexicano Juan Villoro a escribir ‘No soy un robot’, un ensayo que se pregunta qué es lo humano en la era de la inteligencia artificial. Villoro describe un “panorama desalentador” para una “humanidad floja” y paralizada por el “ansia de velocidad”. Sin embargo, cree que es más provechoso convivir con esta realidad que negarla. ¿Cómo sería esa convivencia? El libro —responde— sigue siendo uno de los estímulos más satisfactorios para pensar por cuenta propia. ¿Por qué?
Por Alexis Serrano Carmona*
“Todos los libros tienen un origen personal que te incita a reaccionar”, dice el escritor mexicano Juan Villoro. A sus 69 años, cuenta que el origen de este libro fue la falta de comunicación con su hija —que tiene 25—, algo que él califica como lo más difícil que ha vivido en los últimos años: “Se comunica conmigo a través de internet o WhatsApp, muchas veces estando en la misma casa”.
El libro se llama No soy un robot —publicado en 2024 bajo el sello de Anagrama Argumentos— y parte de una pregunta: ¿qué es lo humano hoy en día? En este ensayo, Villoro habla de la inteligencia artificial (“Escribo estas líneas en el umbral de lo post humano”), la sociedad digital (“Las pantallas y los algoritmos determinan nuestras vidas. La enajenación a un clic de distancia”) y de la literatura como un “estímulo para pensar por cuenta propia”.
El autor atiende esta entrevista por Zoom, en octubre de 2025, desde la Universidad de Berna, en Suiza, donde dictó la cátedra Friedrich Dürrenmatt, creada por el Instituto Walter Benjamin, en honor al gran dramaturgo y novelista suizo —que nació precisamente en esa ciudad—, y que recibe una vez por semestre a un profesor extranjero.
“Esta incomunicación la hemos padecido todos de distinta manera”, dice, volviendo a la historia con su hija: “También en el sistema bancario —que se ha vuelto dependiente de las transferencias digitales—, en la relación laboral, el clima político, las discusiones públicas, las compañías de televisión por cable. Hay países donde se considera muy grato no tener interacción humana. Entonces, me pareció interesante reaccionar”.

Villoro es un juglar de la narrativa, capaz de cautivar al público tanto cuando habla como cuando escribe. No soy un robot está lleno de metáforas y aforismos, de imágenes y de sólidos argumentos. Define al teléfono celular como “el vampiro que descansa en nuestro bolsillo”. En Drácula, la novela de Bram Stoker, el vampiro exige a su víctima que “entre al castillo por su propia voluntad”. De igual manera, cada usuario de celular da acceso a sus datos, sus gustos y su vida, a un algoritmo que, “como el conde de afilados colmillos, se alimenta de nosotros”.
Pero Villoro usa celular y también inteligencia artificial, “para datos fácticos porque es realmente útil”. Cree que hay que buscar la forma de ponerse a salvo de esta nueva realidad y convivir con ella. Como especie humana, asegura, tenemos un reto: demostrar que no somos prescindibles. Y en ese camino de reconstrucción, la literatura podría ser una fuente de primeros auxilios.
¿Estamos ante nuestra propia caverna de Platón, como la describes en tu libro?
Sí. Hay un gran problema: nos representamos a nosotros mismos en las redes y tenemos una idea espectral de lo que somos. Del mismo modo, apreciamos el mundo a partir de lo que nos llega en el espejo distorsionado que es el teléfono celular.
¿Por qué un espejo distorsionado?
Porque nosotros mismos programamos las ofertas que ahí recibimos. Al usar el teléfono, dejamos constancia de nuestros gustos, tendencias, curiosidades, y el mundo digital nos devuelve eso. Entonces, este espejo de nosotros mismos parece ser la realidad, pero se trata de una falacia, porque la realidad está hecha de muchas otras cosas. Estamos como los esclavos de Platón, que solamente ven sombras de la realidad, una distorsión espectral. Nos dedicamos a alimentar aplicaciones y plataformas que, dicho sea de paso, son el mayor negocio del planeta, gracias a que nos hemos convertido en mercancías.
En el libro dices que la inteligencia artificial es un excelente auxiliar para una humanidad floja. ¿Si llega el momento en que la IA nos dé haciendo todo, quedaríamos anulados como especie?
Lo que dices es el mayor predicamento. En aras de que la inteligencia artificial resuelva lo que nosotros podríamos o deberíamos hacer —ya sea por comodidad, por flojera o simple desidia— no nos damos cuenta de que perfeccionamos un mecanismo que, a la postre, puede sustituirnos. Hay un documental que se llama AlphaGo y está en YouTube. El Go es un juego chino que tiene la mayor cantidad de combinaciones. En 2016, el campeón vigente era Lee Sedol, de Corea del Sur, y pensó que podría fácilmente derrotar a un mecanismo. Se enfrentó a la máquina, llamada AlphaGo, y perdió con un marcador de 4 partidas a uno. Lo que es muy sorprendente es que los programadores están absolutamente entusiasmados ante la derrota de la capacidad humana. Al final, cuando gana la máquina, brindan con champaña, sin saber que están alimentando un mecanismo que posiblemente los dejará sin trabajo.
Entonces, quizás el problema no es que exista una inteligencia artificial, sino que la humanidad esté dispuesta a ceder su propia inteligencia.
Todas las innovaciones pueden ser estupendas o nefastas. El primer cuchillo probablemente acabó en la barriga de un adversario. Y lo mismo sucede con este notable instrumento, la inteligencia artificial: hay beneficios extraordinarios —el cálculo de resistencia de materiales en la ingeniería, los diagnósticos médicos, el procesamiento de datos en general—: pero, ¿qué sucede cuando no advertimos que ciertas funciones nuestras están siendo suplantadas? Ahora bien, hay una cosa que no se discute lo suficiente: ¿en realidad se trata de inteligencia?
¿Por qué lo dices?
El concepto de inteligencia artificial se acuñó en 1956, el año de mi nacimiento; o sea que soy una prueba de que se trata de un concepto bastante envejecido. Y se le puso inteligencia artificial para que fácilmente se comprendiera que el comportamiento de la máquina no es como el de la inteligencia humana, sino el de un procesador de datos. No inventa cosas ni las descubre, sino que, a partir de los datos que tiene, logra ofrecer un resultado. Ahora existe la inteligencia artificial generativa, que puede asumir tareas para las que no ha sido programada, siempre y cuando utilice los datos de los que dispone. Por supuesto, es muy útil, pero carece de intuición y de criterio. Y hay cosas para la humanidad que han sido decisivas a partir de la intuición y del criterio. La máquina se comporta militarmente, hay variables humanas que no toma en cuenta y ahí hay una zona de peligro.
Hablas de un panorama desalentador, una “sociedad paralizada por el ansia de velocidad”, pero también dices que es más provechoso convivir con eso que negarlo. ¿Cómo debería ser esa convivencia?
La inteligencia artificial llegó para quedarse. Luchar contra ella es como luchar contra un tsunami que ya está sucediendo. Lo que tienes que hacer es buscar cómo ponerte a salvo, rescatar lo que se deba rescatar, e incluso cómo canalizar la energía del tsunami de manera positiva. Hay un desafío: el ser humano tiene que demostrar que no es prescindible. Aunque cognitivamente no podamos procesar datos con la velocidad y la precisión de la inteligencia artificial, tenemos la obligación, para preservarnos como especie, de demostrar que hay facultades nuestras que valen la pena. La pregunta es si seremos capaces.
¿A qué te refieres?

Veo a la mayoría de la gente anestesiada ante la pantalla del teléfono, dedicando horas a ver fotografías de gatitos o videos de cómo se cae la gente. El capitalismo tardío encontró un aliado espléndido en el teléfono, que produce una enajenación feliz. No vemos el teléfono como algo que nos tiene cautivos, sino como una opción llena de curiosidades y beneficios. Esto es maravilloso para evitar el descontento de una sociedad que, mientras tenga los teléfonos celulares, va a estar feliz de la vida, absorta ante la pantallita.
En el libro haces una analogía con Drácula: pase usted por su propia voluntad.
Claro. La literatura nos ha dado muchos ejemplos de lo que vivimos hoy en día. En mi libro traté justamente de poner en valor algunas de sus profecías, que no necesariamente tienen que ver con la época digital, pero que nos ayudan a comprenderla. Una de ellas es, por supuesto, el vampirismo. Comenzando por la fundadora del género: Drácula, de Bram Stoker, el vampiro no llega de una manera agresiva ante su víctima. Por el contrario, suele ser un hombre o una mujer de gran atractivo físico, educado, que pertenece a la aristocracia, una persona interesante, que hace que tú le des la bienvenida. En la etiqueta del vampiro, tú te le entregas. Obviamente, tú no sabes que te va a chupar la sangre, pero aceptas un pacto tácito que, a la postre, llevará a que te quite la sangre. Y lo mismo pasa con el teléfono celular: le damos nuestros datos, nuestra información, la bienvenida…
Mucha gente defiende que la IA libera tiempo. Pero… ¿tiempo para qué? ¿Para ver gatitos y gente cayéndose?
La gente tiene un ansia de matar el tiempo. Uno de los problemas de la humanidad es ese: ¿qué hacer con tu tiempo? Podríamos pensar una utopía perfecta, donde cada quien trabajará dos horas, tres horas, como máximo, y las máquinas harán lo demás. Pero, ¿realmente será así? O, bien, como parece ser la realidad, nuevamente se abrirá la brecha entre países ricos y países pobres; y al interior de esos países habrá gente muy rica que disfrute de los beneficios de la IA, y gente que esté en una situación inerme. Yo dudo mucho que una persona que hoy en día vive con un salario mínimo, al ser sustituida por una máquina, reciba otro trabajo para seguir adelante. Muchos, sencillamente, serán humanos desechables. Ya hay estudios en los que se le ha preguntado a la IA cómo salvar la vida humana en el planeta y la respuesta ha sido: hay que eliminar a la mitad de la población. Es una respuesta perfectamente lógica, pero no es ética. Tenemos que defendernos como especie y eso todavía no cala en las consciencias. Si alguien tuviera más tiempo, lo ocuparía para ver más gatitos. Y ahí hay un problema.
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Toda la segunda parte del libro, Juan Villoro la dedica a pensar en el rol del lector en la literatura. “La memoria es un conjuro contra la fugacidad”, dice: “Concibe un plano inmaterial donde los recuerdos perduran mientras los reinos se desvanecen”. Cuando habla del tema, lo hace con emoción exuberante, a través de la pantalla de Zoom, que ofrece apenas la imagen de una habitación de paredes y techo blancos y a un Villoro vistiendo camisa azul, elegantemente alineada.
En No soy un robot dices que el libro sigue siendo uno de los estímulos más satisfactorios para pensar por cuenta propia. ¿Por qué?
El libro tiene una característica esencial, que establece una dinámica interactiva con el lector. Cuando tú lees, te estás conociendo a ti mismo, estás pensando a partir de lo que dice el autor y tienes una reacción distinta a la de cualquier otro lector. No es exagerado decir que cada libro es alterado de manera diferente, según el lector que tenga. Y esto lo podemos comprobar incluso a través del tiempo: no es lo mismo el Quijote leído en el siglo XVI, que en el siglo XXI. Borges escribió su famoso cuento Pierre Menard, autor del Quijote a partir de esto: un francés contemporáneo de Borges calca de manera literal el Quijote y, sin embargo, significa otra cosa porque el contexto es diferente. La literatura te enfrenta a las posibilidades de la complejidad; el mundo digital, en cambio, opera en serie. Es, de alguna manera, la tiranía de la semejanza. La lectura entra en contacto con emociones ambiguas y contradictorias. La diferencia entre una narración y una información es que la información es unívoca, dice datos incontrovertibles; mientras que la narración es interpretable, se presta a ser reconsiderada por el lector. Lees una historia y dices: “entendí todo, pero me pregunto por qué hizo esto el personaje”. Esta posibilidad de estar jugando siempre con la interpretación del texto mantiene alerta al lector: siempre tiene que pensar por cuenta propia.
Es lo que dices también del periodismo: que no sea sólo una cuestión utilitaria, de contar muertos, sino que pueda ir más allá.
Claro: el periodismo que está destinado a resistir —como el de Leila Guerriero, Martín Caparrós y tantos otros autores que podemos leer más allá de la noticia que cubrieron— es el que no solamente te informa, sino que crea una historia interpretable, una historia que te completa la imagen de una época. No sólo se trata de dar la noticia, sino de darla bien.
Abordas el rol del lector. ¿Crees que llegará el punto en que le pidan a una IA que escriba una novela, para que otra IA la lea y le dé a esa humanidad floja un resumen de dos párrafos?
Mira, ya ha habido casos. En Japón, una escritora confesó, cuando ganó un premio, que parte de su obra la había escrito con inteligencia artificial. Y todos la estamos usando, en mayor o menor medida. Yo la utilizo mucho —lo tengo que aceptar— para datos fácticos. El tema es en qué medida nosotros usamos la IA como una herramienta o nos convertimos meramente en su rehén. Hace algún tiempo participé en un encuentro en la Universidad de Cambridge; ahí un estudiante colombiano de doctorado presentó un poema escrito parcialmente con IA y me pareció muy interesante. Yo había hablado de la Ciudad de México, de Sor Juana en tiempos del Virreinato. Entonces, a él se le ocurrió pedirle a la máquina que hiciera un poema, al estilo Sor Juana, ironizando nuestro congreso. Fue una idea divertida y realmente logró un resultado muy notable: sin la IA él no podría haber versificado al estilo de Sor Juana, pero sin las numerosas preguntas y solicitudes que él hizo, la IA no habría llegado a ese resultado. Entonces, se dio una combinación bastante virtuosa y creo que hasta ese nivel es interesante el uso de IA. Pero, ¿qué pasará cuando haya novelas totalmente diseñadas por IA? Me temo que estamos a muy poco tiempo de eso: la estructuración del saber a nivel de un resumen.
¿Y qué piensas de eso?
Lo que hace la IA es precisamente resumir, te da una información, pero ella no generó nada; si tú preguntas sobre, digamos, la conquista de México, te va a dar información tomada de los especialistas sobre el tema. Está regurgitando ideas ajenas, mezclándolas sin ninguna noción de derechos de autor.
¿Esta relación escritura-texto-lector se puede seguir fortaleciendo o escribiremos la historia del último lector como escribimos la del último hielero del Chimborazo?
Creo que una de las grandes obligaciones y logros de un escritor es la creación de nuevos lectores. A partir de Kafka, podemos leer en clave kafkiana zonas de nuestra vida: podemos entender la burocracia como una escena kafkiana. Lo mismo sucede con Borges, Nabokov, Virginia Wolf y tantos otros autores. Entonces, crear lectores es importante, crear un tipo especial de leer. Además, creo que la literatura es una gran reserva de tiempo, porque maneja muy distintos pulsos de relojería. Hay páginas que se leen rapidísimo y hay líneas que se leen muy despacio. Toda esta posibilidad de manejar el tiempo es una reserva; de modo que leer puede ser una forma de rescatar a la gente del autismo en el que está cayendo con las pantallas. La deshumanización tiene antídotos, y uno de los más ricos y probados es la lectura.
En una entrevista que te hace Leila Guerriero, hablas de la importancia de seguir dando esta batalla. Pese a la inteligencia artificial —o con la inteligencia artificial—, ¿crees que vale la pena?
Desde luego. Creo que la esperanza es una obligación ética. Debemos construir la posibilidad de esa esperanza y defenderla. Y me parece que la salvación de lo humano está en juego y vale la pena dar esa batalla, aunque la perdamos. Sería mucho peor perderla de antemano.
Dices que la respuesta intelectual ha sido mucho más tardía que el avance de la revolución 2.0. ¿Cómo debería ser el rol de los intelectuales de hoy en adelante?
Afortunadamente, hay muchos que ya se están pronunciando. No podemos cerrar los ojos ante lo que está pasando y dejar el desarrollo tecnológico en manos únicamente de quienes se benefician comercialmente de él. Con frecuencia se repite la frase de que el problema no es el robot, sino su dueño, lo cual es cierto.
Empiezas el libro con una pregunta: ¿qué es lo humano hoy en día? Y te la quiero cambiar: ¿qué debe ser lo humano de ahora en adelante?
Estamos por redefinir lo humano y esta es una labor de todos. Llega el momento de que definamos qué clase de especie somos y si nuestra inteligencia vale la pena de ser defendida. Los más recientes neurólogos hablan de la importancia de las emociones en la toma de decisiones humanas. El filósofo francés René Descartes dijo ‘pienso, luego existo’; y lo que están señalando los neurólogos contemporáneos es que, de acuerdo con todos los estudios recientes, la toma de decisiones no depende de un proceso racional, sino de un impulso emocional. Es decir, que Descartes debió haber dicho ‘siento, luego existo’. Por lo tanto, somos una especie que siente y eso nos distingue claramente de las máquinas. Entonces, aquilatar ese valor de la emoción en la constitución de lo humano me parece que es muy significativo.
Y en este construirnos o reconstruirnos como humanos, la literatura puede jugar un rol muy importante, ¿no?
Claro, la literatura es un proceso de sanación, te permite salir de tus propias heridas Y, volviendo al tema de las emociones, el arte en general es una gran fuente de emociones, es la gran enciclopedia de lo que el ser humano ha sentido a través del tiempo y de lo que se puede provocar a partir de estos sentimientos. Entonces, siendo nosotros criaturas sintientes más que pensantes, debemos abrazar la lectura como uno de los más importantes primeros auxilios.

*Esta entrevista fue originalmente publicada en la revista Andina n.º 13 (2026) de la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.


