Manari Ushigua, líder indígena sapara, habla sobre una cosmovisión que está en riesgo pero que su pueblo se resiste a perder. Habla del cambio climático y propone soluciones que son más sencillas de lo que parecen, aunque requieren de importantes compromisos.
Los sueños son una constante en sus relatos. Para los sapara, soñar es un camino hacia el mundo espiritual, el autoconocimiento y la comprensión de la realidad. La iyauna -conocida en el mundo kichwa como ayahuasca- y el tabaco también son puentes hacia la reflexión y la conservación de la cosmovisión sapara.
Manari Ushigua, líder indígena sapara, dibuja sobre su rostro la trama del caparazón de una tortuga. Usa un palillo y tinta vegetal negra. Soñó con agua y por eso ahora recrea las formas de ese carismático reptil que suele tomar sol en las riberas de los ríos amazónicos de Ecuador. Han pasado unos 40 años desde que estuvo entre los jóvenes que se revelaron ante la profecía de que los saparas desaparecerían con la llegada de otras culturas.
Habitaron un amplio territorio entre los ríos Napo y Pastaza. En 1847, el cronista Cayetano Osculati calculó que había unos 20 000 sapara, pero las olas colonizadoras, extractivas y evangelizadoras que se sucedieron diezmaron la población. Ahora quedan unos 600, distribuidos en una veintena de comunidades.
En la década de 1980 tuvieron que dejar el nomadismo para asentarse en comunidades y, así, defender sus territorios. Se les impuso el kichwa y llevan décadas tratando de recuperar su lengua, de la que quedan menos de un puñado de hablantes, asegura Ushigua. El sapara fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco y es clave para entender la cosmovisión de su pueblo, explica el líder.

La cultura sapara gira en torno a un profundo conocimiento del bosque amazónico, de sus plantas medicinales, del mundo espiritual y de los sueños. Ushigua destaca el legado que recibió de sus mayores con un tono de voz suave, como si quisiera llevar a su interlocutor a los sueños y viajes espirituales de los que constantemente habla.
A los 17 años salió de Llanchamacocha, una de las comunidades que se acababan de crear, presionado por su padre, un reconocido líder espiritual. Fue una decisión que le causó resentimiento, pero ahora entiende que fue para que expandiera la sabiduría de su pueblo más allá de la selva.
Aunque asegura que no puede estar demasiados días en la ciudad y siempre que puede hace el largo viaje terrestre y aéreo hasta su comunidad, tiene una residencia en Quito, un nodo clave para su trabajo como vocero indígena amazónico. En la capital, en medio de cantos de mirlos y gorriones, aves bastante diferentes a aquellas grandes y coloridas con las que creció en la Amazonía, atiende a esta entrevista.
Termina de pintar su rostro, se coloca su corona de plumas y un chaleco hecho con la corteza de un árbol. Mientras tanto, habla del cambio climático, un fenómeno que, relata, ha estudiado a través de la toma de la iyauna, la ayahuasca.

—¿Cómo se entiende desde la visión sapara el cambio climático?
—Estamos viviendo encima de un ser vivo que crece. Eso es lo que tenemos que entender y alinearnos. La solución es que estamos hablando de energía, de nukaki, que en idioma sapara es uno. Lo que dice nukaki es que los humanos tenemos que juntarnos.
Nukaki dice que la tierra es uno, pero en ese uno hay muchas culturas, miles de variedades [de especies]. Entonces si es uno, si nos juntamos, hacemos una energía fuerte y ayudamos a crecer la tierra con equilibrio para que no haya demasiados desastres naturales.
Mucha gente está diciendo que para resolver este cambio climático hay que invertir dinero. Así no vamos a resolver. Hablan de tantos billones, pero desde la escasez. Si ese dinero fuera en abundancia podría funcionar. Lo que estamos diciendo desde la selva es que abramos nuestra conciencia, entendamos, valoremos la vida.

—Entonces, ¿qué es lo que hace falta para valorar la vida?
—Quiero contarte esta historia que me pasó hace tres días. Estaba entrevistando a mi hijo Tsamaraw porque quería participar en su escuela para decir qué materia se puede inventar en una universidad. Mi hijo dijo: “Conexiones, la ciencia de conexiones”. Pensé en qué estará pensando alguien tan pequeño [de nueve años] para hablar de conexiones.
Me gusta entrar al mundo espiritual: tomé un poquito de tabaco y entré. Encontré a mi hijo ahí. Le dije que por qué estamos hablando de conexiones. Me dijo que quiere enseñarme quién es el ser que habla de conexiones.
Me llevó a un bosque, selva pura, a un río donde había miles de peces. Apareció un pez y me dijo que es el que habla de conexiones. Era un kongukshi, un bagre pequeño que en ese momento se comió a un pez chiquito. Le dije: “Se comió ese pescadito” y me respondió que no está comiendo, que esa palabra comer no está bien dicha. Entonces vino el kongukshi y dijo: “¿Vieron? Yo estaba conectando. Esa es la conexión”.

—¿Y qué pasó al día siguiente?
—De mañana me levanté, hice el desayuno. Vino mi hijo, se sentó en la mesa y empezó a comer. Le dije: “Tsamaraw, ¿estás comiendo?”. Me dijo: “Papá, no estoy comiendo, estoy conectando”.
Eso me hizo pensar. Esa noche dormí y mi sueño me dijo que no estamos hablando bien, que esa palabra comer significa consumir cualquier cosa que aparece y que con ese concepto hemos comido casi todo el planeta Tierra. Me dijo que ya no hablemos así, que hablemos de conectar, porque si yo cojo una fruta y como, estoy conectando con ese ser. Ahí las cosas se quedan como en reciprocidad: yo conecto contigo, yo te cuido a ti y tú me cuidas a mí.
Estamos viviendo encima de un ser que tiene vida. Cuando nos desconectamos de la tierra, morimos, esa es la desconexión. Aunque tengamos hectáreas de tierras, casas, carros, aviones, todo lo que queramos, son cosas materiales, nomás. Pero no hemos logrado que lo emocional esté al mismo nivel [que lo material] porque nos hemos olvidado de hablar con la conciencia, con las inteligencias.

—¿A qué se refiere?
—Las hormigas van debajo de la tierra, hacen casitas y las adornan con hojas de las plantas. Cuando abandonan ese lugar, las casitas se integran a la tierra. Mientras tanto, los humanos quieren tener casas bonitas, edificios gigantes y están inventando cosas que no se deshacen muy rápido. Las hormigas dicen: “¿Están conscientes ellos de eso o no saben lo que están haciendo?”
Pero ya hay una nueva visión para el mundo. Eso me da mucha tranquilidad de que en un momento vamos a despertar la conciencia. Si miramos y decimos “ese es el problema”, en vez de buscar una solución estamos complicando más y más.
—¿Cuál es la importancia de soñar para la cultura sapara?
—Nosotros decimos makɨhawnu. Es el mundo de los sueños, es el camino para entrar en el mundo espiritual. Los que vivimos en la selva soñamos, los que viven en la ciudad también sueñan, pero no recuerdan el sueño. Para nosotros, el sueño es muy importante.
Si hacemos una acción muy negativa, tengo que soñar para ver qué va a pasar con mi vida. Si hice algo malo, tengo que pedir perdón, sentarme enfrente de esa persona. Si yo no entiendo eso y solo estoy en un plano material, me voy a confundir más. El mundo de los sueños nos sirve también para entender lo que está pasando aquí en el mundo.

—¿Cuándo aprenden a soñar los sapara?
—Los niños van practicando los sueños desde pequeños, porque escuchan cuando los adultos cuentan los sueños. Se cuentan entre niños y siempre tiene que estar un niño un poquito más grande para guiarlos.
Mi hijo, cuando era muy pequeñito, contaba sus sueños como películas. Cuando ya comenzó a tener conciencia, empezó a decir que está aprendiendo para poder estar bien aquí, porque si no sueña va a perderse y no sabe qué le va a pasar en su vida el día siguiente.
Así se practica en la selva: cuando los niños sueñan mal, cuentan a su papá y el papá les dice que se queden en la casa, que no salgan, porque les va a morder una serpiente. Tenemos despierta nuestra glándula pineal para seguir soñando.

—¿Qué plantas usan para soñar más, para soñar mejor?
—Nos dicen guardianes del bosque, de la selva; nosotros no somos guardianes del bosque. Somos cuidadores del tiempo pasado porque estamos usando todas las tecnologías naturales, usamos las tecnologías de las plantas. Por ejemplo, mi hijo tiene nueve años y ya está tomando un poquito de iyauna (ayahuasca) y tabaco para tener visiones, porque él ya tiene que madurar un poquito, porque es una responsabilidad en su vida.
—¿A qué edad empieza la educación espiritual?
—Educar para nosotros es cuando los niños nacen, hasta los ocho meses. La madre y el padre hacemos una dieta, ahí se educa al niño y se define qué clase de humano vamos a criar. Esa dieta entra en la vida del niño. Tenemos que cuidar mucho cómo se mató el animal que vamos a comer. Por ejemplo, un pez con mucho miedo o que sufrió no se puede comer porque va a pasar esa energía. No se puede tomar alcohol.
No podemos estar enojados, tenemos que estar en calma total. Mientras tanto, los padres debemos decir en nuestra mente qué clase de persona queremos que sea nuestro hijo. Cuando comienza a gatear, coger cositas, jugar con juguetes, él ya está formado. A partir de ahí solo recibe información.

—¿Entre los sapara quedan otras personas como usted, que estén conectadas con la espiritualidad?
—Hay muchos, hay jóvenes que están aprendiendo. Estoy formando a dos personas. Estoy entrenando a mi hija Neua, que tiene 28 años y le gusta esa sabiduría, ya ha hecho dieta de tabaco, ahora la voy a llevar al segundo nivel: poner sabiduría en su pensamiento. Y estoy formando a mi hijo. También quiero formar a una niña en la selva que está superinteresada. Si hay otros niños interesados, entonces los vamos a entrenar.
Esa es mi responsabilidad. Yo era una persona que quería llevar el camino de liderazgo de mi papá, pero no lo estoy haciendo porque él me sacó de la selva. Ahora estoy entendiendo por qué. Él lideró su cultura desde la selva y no quería tener conexiones con el mundo de afuera, pero a mí me presionó para que saliera.
Ahora estoy entendiendo que estoy transmitiendo la sabiduría sapara a muchas personas en el mundo. Creo que a mi papá le interesaba que eso pasara. Ahora puedo hablar con cualquier persona de los sueños porque antes era algo un poquito complicado.

—Ha mencionado un par de palabras en sapara, una lengua que está en riesgo. ¿Cómo llegó a ese estado?
—Había una profecía de la que hablaban mucho nuestros mayores. Decían que cuando lleguen otras culturas a la selva, la cultura sapara desaparecerá. Cuando se murió mi papá, se quedó mi tía, que creía que hasta ahí existirían los sapara. Pero queremos vivir un poquito más, quiero cambiar esa profecía.
Cuando éramos niños llegó a la selva la escuela bilingüe, kichwa y español, y nosotros reclamábamos a nuestros papás porque teníamos que estudiar kichwa sin ser kichwas.
Pero mucho antes de la guerra de 1941 [por límites territoriales entre Ecuador y Perú] hubo un conflicto con otro pueblo indígena, que mató a los líderes espirituales y se adueñó del territorio. Hasta entonces, en las provincias de Pastaza y Napo se hablaban 36 dialectos sapara. Al mismo tiempo, el kichwa empezó a entrar en el territorio.
Tras ese conflicto, nuestros mayores decidieron hablar kichwa frente a las visitas, para que piensen que los sapara desaparecieron. No hubo una persona que en ese momento dijera “hablemos sapara”. No hubiésemos pasado lo que estamos pasando ahora.

—¿Se puede salvar la lengua sapara?
—Cuando todavía vivía mi tía, escribimos gramática sapara. En la escuela se quedó una sobrina que se llama Mayra, quien aprendió con mi tía a hablar sapara y lo habla muy bien. También está Maxi Grefa, quien estudió lingüística para el idioma sapara, habla como 80 %. Entre los pequeños en la selva hay un sobrino que habla bastante, canta en sapara.
También hicimos una malla curricular sapara. Hicimos una investigación superlarga. Esto se está aplicando ahora en Llanchama.
—¿Cuál es la diferencia entre el kichwa y el sapara?
—Nosotros valoramos el idioma kichwa, pero también valoramos nuestro idioma. Por ejemplo, sacha, en kichwa, es selva, mientras que naku, en sapara, integra todo, a la selva y los humanos. Así como las palabras en sapara tienen otro sentido, también tienen otra energía. Por eso cuidamos nuestra energía.

—Recientemente estuvo en la Semana del Clima de Nueva York. ¿Cómo vive usted esos espacios?
—Me interesaba mucho ir allá para ver qué solución están dando. Me di cuenta de que la solución que ellos siguen buscando es a través de la energía del dinero. Dicen que es una oportunidad para hacer empresas, negocios, pero no están hablando exactamente sobre el cambio climático. Sentí una energía muy baja, por no decir pobre.
Si en verdad estamos preocupados por el cambio climático, ¿qué estamos haciendo, cuál es el trabajo de cada uno? En todas las reuniones estoy escuchando sobre problemas y negocios.
En ninguna parte del mundo la democracia, la política, los derechos están funcionando porque no hemos renovado las formas. Tenemos que sentarnos y conversar para ver con una lupa bien grande, bien amplia, si este sistema es bueno para nosotros o no.

—¿La extracción de petróleo sigue siendo una amenaza para el territorio sapara?
—Sí, es una amenaza. Un gobierno que sigue pensando en explotar petróleo no está evolucionado en su conciencia humana, no entiende lo que pasa en el mundo.
—¿Qué le espera a la cultura sapara?
—Tenemos que controlar la sabiduría del mundo moderno que está entrando en la selva con mucha fuerza, con mucha pelea, con una energía muy negativa. Estamos enfrentando unas realidades que nunca antes pasaban en la selva, unas cosas superfuertes. No vamos a luchar contra el sistema más grande que existe en el mundo, que es muy poderoso. Entramos en ese mundo, pero con cuidado, sabiendo que no queremos que afecte nuestra cultura.
Con la malla curricular queremos enseñar nuestra sabiduría al mundo moderno. A nosotros, que dicen que somos los guardianes de la selva, nos educan [con los conocimientos occidentales], pero ellos no están educándose en cómo es la vida de la selva.
Lo que queremos es que más adelante, de acuerdo con nuestro sueño, vengan jóvenes que vivan con nosotros y entiendan de verdad cuál es la energía de la selva […]. Esa es la invitación que hacemos. Ese es el camino que estamos viendo para la humanidad y para nosotros.

Esta es una publicación original de nuestro medio aliado Mongabay Latam.


