Manta, la ciudad con más homicidios intencionales de la provincia de Manabí, es un foco de expansión de iniciativas culturales ciudadanas para enfrentar al crimen y a la violencia. El cine, el arte y las artesanías intentan tomar el lugar que el miedo ha ganado en barrios considerados peligrosos, pero también en la playa El Murciélago, en la de San Mateo, y en la vecina ciudad de Montecristi. El objetivo es recuperar definitivamente el derecho a ocupar el espacio público y a convivir en paz.
Por Eduardo Varas C.
Uno
Cuando ya está oscuro en Manta, Adrián Mendoza Vera, de 24 años, toma su bicicleta y recorre las calles vacías de uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Lo hace cuando ya han terminado las reuniones con José Loor, escultor, fundador y director del Centro Cultural El Faro. Esos encuentros sirven para afinar los detalles de las actividades artísticas que juntos, llevan a algunos barrios plagados de violencia e inseguridad.
A partir de las nueve de la noche, los habitantes de los 38 barrios de la parroquia Eloy Alfaro −más conocida como Barrio Cuba− no salen de sus casas. Es una convención necesaria. Pero Adrián regresa a casa escoltado por esos postes teñidos con la tenue luz de las luminarias, carros estacionados y perros vagabundos.
En 2025, Manabí fue la cuarta provincia más violenta a escala nacional, con una tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes de 74,1, de acuerdo con datos del Ministerio del Interior y de la Fiscalía General del Estado Solo la superaron Los Ríos, con una tasa de 130,4; El Oro, con 105; y Guayas, con 85,8. De los 22 cantones manabitas, Manta fue el más violento, con una tasa de 137 por cada 100 000 habitantes. El contraste de estas cifras con la tasa nacional de homicidios −que cerró ese año con 50,9− ayuda a comprender la dimensión de la violencia en esta provincia.
Para este texto, buscamos las impresiones directas del coronel William Calle, comandante de la Policía en la Zona 4. Sin embargo, el pedido no fue aceptado. Solicitamos a la Policía Nacional datos actualizados sobre homicidios intencionales en Manta, las zonas con más asesinatos y el historial del aumento de este tipo de delitos en la urbe, pero no recibimos respuesta.
En 2025, la ciudad entera registró 399 muertes violentas, de las cuales 91 ocurrieron en el antiguo Barrio Cuba. Solo entre enero y febrero de 2026, Manta contabilizó 78 homicidios intencionales. Seis de ellos sucedieron ahí. En todos los casos se usaron armas de fuego.
—El único que anda en bicicleta a esas horas es Adrián —confirma José Loor y empieza a reír—, ni los perros se le acercan.
No es que Adrián o José no tengan miedo. Su trabajo en el Centro Cultural El Faro parece protegerlos.
El Centro Cultural El Faro existe desde hace 30 años y funciona en lo que antes fue una escuela, en la esquina de la avenida Interbarrial y la calle 320. Ahí se realizaban talleres de teatro, música, pintura y escultura, para que las personas pudieran “expresarse, aprender y crecer a través de diversas disciplinas artísticas”, como se lee en una de sus publicaciones en Instagram.
Pero esos salones para talleres y un auditorio con una capacidad para 80 personas, que acogía obras de teatro, hoy funcionan como el estudio escultórico de José. Ahí él guarda sus piezas terminadas. Da la impresión de que sólo José y Adrián caminaran por ahí.
—A partir del terremoto de 2016 empezó a bajar la asistencia. Pero con la pandemia y ahora con la violencia, la gente dejó de venir —lamenta José.
Aún así, el Centro Cultural Eloy Alfaro continúa vivo. Solo que ahora es como si se moviera hacia esos barrios en los que los vecinos han dejado de ocupar los espacios públicos porque −ellos también− sienten miedo.
José y otras 20 personas que lo acompañan regularmente promueven la realización de murales colectivos con la ayuda de niños, niñas, adolescentes y adultos.
Al llegar, explican lo que quieren hacer, escuchan a los vecinos y a partir de la información obtenida, deciden entre todos una idea. Entre 10 y 12 artistas trabajan en bocetos. De las propuestas presentadas, el barrio escogerá su preferida y esa se pintará en una pared.
Las visitas duran nueve horas por semana, pero pueden extenderse por períodos de hasta cuatro meses.
—El beneficio directo es para 50 personas, entre los niños, jóvenes y adultos que son preparados para hacer el mural y que trabajan en él —dice José —. Pero, indirectamente, el resto de la comunidad obtiene beneficios adicionales, pues los vecinos hacen labores de limpieza, arreglan postes y paredes y así, el tejido social se reconstruye.
En 2025, José, los artistas que colaboran con el Centro Cultural y varios vecinos hicieron 11 murales en los barrios Santa Isabel, San Eloy y Santa Ana. En lo que va de 2026 han hecho dos, uno en el barrio Playita mía y otro en Santa Ana. Se trata de zonas suburbanas que, en algunos casos, son también el resultado del tráfico de tierras. Los trabajos artísticos se complementan con talleres de emprendimiento para los más jóvenes, en los que aprenden a hacer accesorios como, por ejemplo, aretes artesanales.
Pero el trabajo no es sencillo. El año pasado estaban listos para iniciar el mural cuando llegó la muerte. Ocurrió en Montecristi, en el barrio San Eloy, en la pequeña ciudad que se levanta junto a Manta, la tercera más importante de la provincia de Manabí.
—Justo cuando íbamos a empezar, mataron a uno de los chicos que iba a pintar con nosotros —recuerda José.
Sin embargo, a pesar del temor, los artistas hicieron siete murales, uno de ellos en la pared del presbiterio de una iglesia: una mujer, visiblemente agotada, camina en una zona árida, con su hijo pequeño en brazos. A un lado, aparece una representación de la virgen María y al otro, un árbol casi sin vida.
—Es una zona con alta migración colombiana, por eso los vecinos quisieron ese tema.

José, en uno de los salones vacíos del Centro, dice que se sienten seguros porque los conocen. Además, se trata de no quedarse callados, de confrontar −añade, pero aclara que el desafío no proviene de la agresividad.
Una vez —recuerda—una persona se le acercó y lo apuntó con “una 38”.
—¿Qué te pasa? —le gritó él.
El secreto, explica, es mirarlos a los ojos, no bajar la mirada; no para demostrar que no se les tiene miedo, sino como una “técnica de comunicación”, para asegurarles que él está ahí, presente.
El campana, entonces, gritó: “¡Ese no! ¡Ese no! ¡Déjalo!”.
—Si bajaba la mirada, me robaba el celular, qué sé yo…
Pero el peligro es real. El 1 de abril de 2026, José regresaba al Centro Cultural caminando, como de costumbre, cuando a un kilómetro de llegar, vio a mucha gente reunida.
—A eso de las seis de la tarde habían matado a un chico —cuenta José—. Y los vecinos, como si nada. Algunos preguntaban si el chico tenía antecedentes criminales y otros decían que no. Nadie sabía por qué lo habían matado.
Dos
Manta tiene una historia precolombina amplia, con la cultura manteña como protagonista. Durante algo más de nueve siglos, los manteños se asentaron en una amplia zona de lo que hoy es la provincia de Manabí y en el siglo XVI, con la llegada de los españoles, un pequeño puerto pesquero empezó a transformarse en ciudad. En el siglo XX, el 4 de noviembre de 1922, se convirtió en cantón. De acuerdo con el censo de 2022, Manta cuenta con aproximadamente 271.145 habitantes y es uno de los principales puertos marítimos del país y eje económico de la provincia de Manabí.
La pesca fue siempre la actividad que permitió ese desarrollo. Solo la pesca artesanal representa un ingreso anual de 50 millones de dólares para Manta, de acuerdo con la Autoridad Portuaria. En el feriado de Semana Santa de 2026, la urbe recibió a 158.220 turistas, lo que significó un ingreso para los negocios locales de 8,2 millones de dólares, según los datos de la Dirección de Turismo.
Para alguien que llega de afuera, Manta luce la sofisticación costera de una postal: edificios inmensos y vías amplias, la frescura del viento que huele a mar en las zonas cercanas a las playas. Barrios obreros colindan con urbanizaciones cerradas que se promocionan como seguras y decenas de negocios de comida sostienen la costumbre de reunirse entre amigos para charlar, beber y reír. Los residentes parecen ejercer la apertura caribeña para conversar de lo que sea, casi sin necesidad de que una pregunta desate una buena tertulia.
Pero algo más da vueltas y los propios mantenses lo reconocen: el big bang del embate criminal que azota al país se originó aquí. Lo que hace dos décadas eran unas cuantas bandas luchando por controlar pequeños mercados callejeros —Los Queseros, Las Ranas y Los Choneros, entre otras— se convirtió en un monopolio criminal en manos de una sola de esas agrupaciones delincuenciales, y en un nexo directo con el Cartel de Sinaloa, en México.
El 28 de diciembre de 2020, en una cafetería del Mall del Pacífico, ubicado en el sur de la ciudad, un sicario asesinó con siete disparos a Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, por entonces máximo líder de Los Choneros. Ese fue el detonante de la fragmentación de los grupos criminales del país.
—Entre 2014 y 2015, decir que eras amigo de uno de Los Choneros te daba cierto estatus —cuenta un morador de la ciudad.
—¿Tanto así?
—Claro, había gente que decía “yo soy pana de Los Choneros” o “mi primo es de Los Choneros”.
—Diez años después ya no se puede decir lo mismo…
—No, pues. Ahora son sanguinarios —dice con vehemencia—. Los Choneros, si tenían un problema contigo, iban y te mataban a ti, no a los que estaban a tu lado. Arreglaban su problema contigo y ya.
—Había un código…
—Sí, esos códigos de la mafia, que con la familia no te metas. Esos códigos se perdieron.

De acuerdo con datos de la Policía Nacional, a marzo de 2026 en Manabí operan tres organizaciones delictivas: Los Choneros, Los Lobos y Los Fatales. Eso define a la provincia como una zona de enfrentamientos entre bandas.
El 28 de enero de 2026, en pleno malecón, en la zona comercial de la ciudad, con gente alrededor y a plena luz del día, asesinaron a Dante Jahir Briones, de 17 años, hijo del líder de Los Lobos Leonardo Briones, alias Mexicano, quien fue asesinado en julio de 2025. La víctima circulaba en su auto cuando lo interceptaron y le dispararon más de 25 veces. Briones hijo había vuelto a Manta para obtener la documentación necesaria que le ayudaría a recuperar la propiedad del barco Gold Tuna, que su padre había adquirido y que estaba avaluado en 10 millones de dólares. Cinco días después, el 2 de febrero, una inmensa humareda cubrió parte de la ciudad durante varias horas. En la bahía, el buque había sido incendiado y se consumía en llamas.
—Eso es Manta, esa violencia está ahí aunque no la veamos de cerca. A veces solo es cuestión de un incendio para que todos podamos oler lo que está pasando —concluye otro mantense que prefiere ocultar su nombre.
Cuando no se omiten nombres, simplemente no se dice nada.
En Manta todos saben quién está metido en el negocio del narco, pero nadie dice nada. Solo hay silencio, no hay de otra. Es una forma de protección.
Tres
El paisaje en la playa de San Mateo explora todas las posibilidades del azul: de la intensidad a la ligereza más pacífica. El cielo es de un celeste continuo y el mar pasa de un índigo tenue al agudo turquesa.
Las carpas —también azules— que reciben a los turistas se levantan sobre la arena, una al lado de la otra, como piezas de dominó.
Hay un barco pintado de azul y celeste, con detalles circulares, como enredaderas. Lo han sacado del mar y descansa sobre troncos que lo separan del suelo. Azart es el nombre de esta embarcación que pudo ser instalada deliberadamente en cualquier costa del mundo, pero está en San Mateo, una parroquia urbana de Manta, con amplia tradición pesquera.
El barco es el Centro Cultural Comunitario Azart, está flanqueado por un ágora pequeña y cuenta con parqueaderos para visitantes y una docena de puestos de comida.
San Mateo tiene una fuerza turística propia. La playa se extiende a lo largo de tres kilómetros y la arena es un delicado manto beige. El mar refresca solo con verlo.
La pesca ha mantenido, históricamente, a decenas de familias. Pero la costumbre se ha trastocado en los últimos años, por lo que Azart se constituye en un paréntesis poderoso.
San Mateo es uno de los puntos más visibles dentro de la logística del tráfico de drogas en Manabí, por las facilidades que ofrece. Los pescadores artesanales son tentados con pagos que van de los 15 mil a los 40 mil dólares para trasladar bloques de cocaína a Centroamérica y Estados Unidos, como lo explicó William Calle, comandante de la Policía en la Zona 4, en una nota de Primicias, de abril de 2026. Si no los aceptan, vienen las amenazas.
En San Mateo, con siete mil habitantes viviendo en 11 barrios, el narco respira. Hay pescadores desaparecidos mientras otros son capturados. El 24 de marzo de 2026, las autoridades ecuatorianas detuvieron a 10 pescadores de San Mateo y Jaramijó, a 300 millas náuticas de Manta, en un barco ecuatoriano cargado con 588 bloques de cocaína, avaluados en 19 millones de dólares.
El Centro Cultural Comunitario Azart, bajo la conducción de la Corporación Humor y Vida, exhibe obras teatrales, conciertos, talleres y laboratorios artísticos y culturales para niños y jóvenes. Es un punto de reunión para la comunidad y opera como una respuesta lúdica a la violencia.
Orlando Erazo, uno de los responsables de la Corporación, asegura que se trata de mantener una puerta abierta para que la imaginación se enfrente a lo que sucede. Él habla de combatir el miedo mientras está en la cubierta del barco, cerca de la campana que hace sonar, como si ese sonido abierto y agudo tuviera el poder de sanar las energías.
—Lo contrario al miedo es vivir con alegría. Cuando estás alegre, estás feliz, ¿no? Pueden pasar 100 choros al frente tuyo, puede haber una balacera, pero tú estás protegido. Tú mismo desarrollas tu propia barrera.
En la cubierta hay mesas y sillas. Hay decenas de fotografías sobre la historia del barco y un mural con personajes extravagantes hecho por estudiantes de la escuela de Artes Plásticas de la Universidad Laica Eloy Alfaro, de Manabí. También hay una vitrina de tres metros de largo con collares, llaveros, gorras, carteras y sandalias hechas por las mujeres de San Mateo.
Bajando por unas escaleras se llega al interior, donde antes hubo una cocina y varios camarotes. Hoy hay un escenario para la presentación de obras pequeñas y conciertos íntimos. Además, estanterías repletas de libros en varios idiomas, portarretratos, títeres, botellas, corales y zapatos suecos. Al fondo, un camerino repleto de máscaras y vestidos.

Ahora hay una reunión entre las butacas. Dos de las mujeres que son parte del grupo de artesanas están ahí, junto a Diana Cansino, de la Corporación Humor y Vida, y dos miembros de la fundación ACRA, que impulsa el proyecto La Incubadora. Cansino dice que cuando empezaron a trabajar con la comunidad, en 2022, se enfocaron en las mujeres de la zona. Con esto en mente, nació Tejidos de Identidad, una iniciativa que recupera el nudo de pescador −una tradición patrimonial enteramente masculina− como una técnica que las mujeres aprenden de los pescadores de su comunidad y la adaptan a su trabajo para construir piezas tejidas. El resultado se ha mostrado ya en colecciones de accesorios y prendas. En la reunión, revisan temas presupuestarios.
—Son alrededor de 76 nudos. Hasta ahora hemos aprendido seis de ellos en un 100% y otros seis en un 30%. La idea es empoderar a las mujeres, que haya un impacto, porque parte de lo que pasa acá es que ellas sufren de violencia patrimonial —cuenta Diana.
Del grupo base de cinco mujeres que han recibido clases de parte de los pescadores más ancianos, la información se ha repartido a otras 27. Además, para conseguir que el proyecto se sostenga por sí solo, promueven los tejidos en el puerto de Manta para ofrecérselos a la tripulación y a los viajeros extranjeros que llegan a la ciudad, como a los casi 1.900 pasajeros del crucero MS Oosterdam, que arribó el 1 de abril.
Algunos visitaron el buque Azart y compraron parte de las artesanías y accesorios. Una de las mujeres de Tejidos de Identidad vendió sus productos y obtuvo 18 dólares a cambio, y Diana notó su felicidad.
—Me dijo que con esos dólares podría comprar arroz, aceite, azúcar y papel higiénico para su casa, porque el esposo no había ido a pescar. Porque, aparte de la amenaza que representa la presencia del narco, no hay pesca. O sea, la pesca está tan lejana que los pescadores tienen miedo de ir tan lejos.
La artesana está en la cubierta, donde espera que su marido llegue a recogerla luego de la reunión.
—No pueden salir −cuenta la mujer−. Los marinos estadounidenses maltratan a los pescadores que salen en los barcos. Algunos han regresado golpeados, porque les interrogan para que les digan qué es lo que llevan y al final ellos no llevan nada porque van a pescar. Además está la delincuencia, vea que en Jama mataron a tres pescadores y a otros seis de aquí, de San Mateo, también mataron. La delincuencia está tremenda y por eso mi esposo no sale a pescar desde el año pasado.
Se despide y sale del buque.
El empuje y la certeza de que conseguirá los recursos que le hacen falta para cubrir los gastos de su casa son evidentes. Pero solo el tiempo le dará una respuesta.
Cuatro
Sobre una superficie de 16 hectáreas, en lo que antes era un muelle, hoy está el Megaparque Agustín Intriago. El sitio lleva el nombre del exalcalde de Manta asesinado el domingo 23 de julio de 2023.
Ese día, aproximadamente a las dos de la tarde, el Alcalde estaba en el barrio 15 de Septiembre, rodeado de personas que lo querían saludar. Su carisma era indiscutible. Ejercía su segundo mandato luego de obtener más del 60% de los votos válidos en las elecciones del 5 de febrero de ese año.
El sicario disparó dos veces. Una bala le dio a Intriago. La otra entró por uno de los ojos de Ariana Estefanía Chancay, una joven futbolista de 28 años que se acercó para pedirle un auspicio municipal para su equipo deportivo. La bala la mató de contado. El Alcalde falleció horas más tarde en un hospital.
—Hoy casi nadie dice nada de Intriago —cuenta un taxista —, por respeto a la viuda y por lo que luego se supo.
En diciembre de 2023 la Fiscalía General del Estado publicó unos chats que formaban parte del llamado Caso Metástasis. Las conversaciones mostraban que Intriago era parte de la red de influencia del narcotraficante Leandro Norero en varios espacios de poder.
Por eso, algunos habitantes de la ciudad creen que el narco está presente en todo.
—Para cuidarnos nos encerramos en una ciudadela amurallada, con la gente que queremos, y listo —cuenta una persona que también pidió anonimato—. Pero esas urbanizaciones están llenas de narcotraficantes, de gente mala. Tanto que la misma gente que vive ahí está vendiendo sus casas porque no quiere narcos o gente lavadora de dinero al lado.
—Aún así hay barrios considerados peligrosos por los asesinatos que hay…
—Es que esos barrios son caldo de cultivo, con chicos que vienen de hogares descompuestos o con padres ausentes que deben trabajar casi 24 horas para sostener medianamente la casa. Eso aprovechan las mafias y los grupos, pero eso no solo es de ahora; ya viene pasando hace 30, 40 o 50 años. Primero eran microtraficantes y ahora ya son bandas organizadas que han captado personas de estos barrios. A algunos los ponían a estudiar y luego los ingresaron a la Policía y a las Fuerzas Armadas.
—¿Las mafias ponían a gente en las fuerzas de seguridad?
—Sí. Yo conozco muchos casos de estos profesionales que están ahora dentro de las Fuerzas Armadas y que fueron financiados por las mafias.
—Nos acostumbramos —concluye otro taxista—. Ayer un compañero me hizo notar que en el chat, cuando alguien pone que mataron a alguna persona en la calle, ya nadie se inmuta.

Pero a veces, el impacto es tal que algo se moviliza.
El 31 de diciembre de 2025, horas antes del inicio del nuevo año, sicarios dispararon 50 veces a una familia en el barrio Nueva Esperanza. Hubo siete muertos, entre ellos una adolescente de 15 años y una joven embarazada.
—Mataron a la embarazada, pero los doctores pudieron salvar al bebé. Esas cosas sí hacen que te cuestiones lo que pasa —dice un mantense que también guarda su identidad.
—¿Cuestionarse cómo?
—Es que esos crímenes ya traspasan la normalidad. O sea, hay un punto en el cual uno sí puede sentir el horror.
—Igual, ya se ha vuelto común con tu familia preguntar ¿a cuántos mataron hoy? ¿A quién mataron? ¿Dónde? Y piensas: bueno, si lo mataron es por algo —dice otro habitante de la ciudad.
Sin embargo, no todos lo ven así.
—Manta no es una zona de guerra −dice otro habitante, equilibrando la balanza−, hay lugares en los que me encuentro con mis amigos para hablar, tomar una cerveza, conversar, lo que sea. Yo ruedo en el centro de Manta, pero si un pana me dice: “vamos a[l Barrio] Cuba a tomar una cerveza”, ahí sí no voy. Pero Manta no es una zona de guerra porque se puede salir, las familias salen.
Cinco
A las siete de la noche empieza la función. Hoy se verá la película Like crazy, de Drake Doremus, en la que Anton Yelchin y Felicity Jones hacen de una pareja que tiene problemas de visa. En total habrá unas 700 personas en la playa El Murciélago esta noche de abril, en una función de Cine a orillas del mar; como ocurre todos los miércoles, cada 15 días.
Van a ser centenares de personas las que estarán presentes, esta vez sin temor. Porque a diario, cuando salen a trabajar o a estudiar, miran de un lado al otro para identificar cualquier signo de peligro. Pero ahora degustarán unos nachos con queso, empanadas, beberán chocolate caliente o llevarán sus propias viandas, pues durante unas horas, la playa El Murciélago será una sala de cine al aire libre y los asistentes solo estarán pendientes de lo que suceda en la pantalla.
—Este es un espacio totalmente sano —dice Alicia, quien viene con su hija, con su hermana y con su sobrina. Empezó a asistir en 2025, cuando se enteró de estas funciones que en marzo de 2026 cumplieron 11 años—. No estás pendiente de quién está a tu lado ni te sientes insegura.
En esa amplia zona de la playa El Murciélago, muy cerca de la orilla, mujeres, hombres, padres, madres e hijos recuperan la experiencia colectiva del cine, sin pagar un centavo.
—Así como hay violencia en la ciudad, nosotros hacemos nuestra parte para demostrarle a la ciudad el cariño que le tenemos. Por eso aquí nunca ha pasado nada —dice Antonio Cedeño, quien está a la cabeza del proyecto Cine a orillas del mar, desde su primera función, que tuvo lugar el miércoles 25 de marzo de 2015.
Aproximadamente a las cuatro y media, Antonio llega a la playa a instalar los equipos. Con él llegan algunos de sus hermanos y sobrinos, y varios colaboradores. En una carpa se monta el bar que ellos mismos gestionan. Antonio coloca las sillas. Alquilarlas cuesta apenas un dólar.
—Buscamos que el proyecto sea autosustentable —dice Cedeño—, como emprendimos el camino de la gratuidad en el tema cultural, tenemos que darle la vuelta para sostenernos.
Ese esfuerzo parece funcionar: este es el único proyecto en Manta que lleva tanto tiempo y que ha logrado mantenerse a flote a pesar de las dificultades. “Les pagamos a todos —dice—, a los chicos que nos colaboran, a todos”. El apoyo de instituciones públicas y privadas ha sido fundamental para cumplir once años, a pesar de unos cuantos períodos de inactividad.
A las seis, el sol inicia su descenso en esta época del año.
Los últimos arreglos para la proyección se hacen bajo un tono sepia que hace que la escena adquiera un carácter de gesta épica. La pantalla se estira y se ata a la parte más baja de una casona de madera, de cara al mar.

—Cuando la comunidad toma los espacios públicos, hace que sucedan cosas como estas, donde nos cuidamos entre todos —dice Antonio.
Si bien arrancaron en 2015, hubo un tiempo en el que detuvieron el proyecto por falta de recursos. Pero desde 2018 han proyectado películas casi ininterrumpidamente, filmes de distintos géneros, de varios países, doblados al español. Durante la pandemia también se detuvieron, sin embargo, Cine a orillas del mar fue la primera actividad abierta al público con permiso del COE Cantonal, en 2021.
Pero la violencia también ha sido una amenaza para que la gente se anime a ir a la playa.
—Solemos tener entre 24 mil y 30 mil personas que nos visitan al año, en un total de 24 funciones. En 2025, solo tuvimos 11 mil —lamenta Antonio —. Solo venían 400 personas cada vez, pero no cancelamos bajo ninguna circunstancia.
Excepto cuando el alcalde Agustín Intriago fue asesinado.
Tres días después del crimen había una función. Lo mejor fue suspenderla.
No lo hicimos por miedo, sino por respeto a la ciudad, que quedó conmocionada —recuerda Cedeño—, me han pedido que cancele cuando pasan cosas así, pero la gente quiere escapar de la violencia y, así sea con 10 personas, se hace la función.
Los números han mejorado en 2026. En el primer trimestre del año ya alcanzaron el 60% de la asistencia que lograron el año pasado.
La función del miércoles anterior, del 18 de marzo, fue un éxito: Antonio proyectó Gasparín, de Bard Silberling, que se estrenó originalmente en 1995. Hubo 1.200 asistentes.
—Esto estaba repleto, hasta el fondo —dice María del Carmen —, ¡era impresionante!
Luego de los tráilers de rigor para anunciar las próximas proyecciones en cartelera: El diablo viste a la moda, The Island y She said, y de pedir a la gente que recoja toda la basura antes de marcharse, arranca la proyección.
Llega el final.
Hay gente que va a los parqueaderos porque viene de Montecristi o de Portoviejo. Otros toman taxi o van caminando. Es una marea de seres humanos por las calles y avenidas de Manta. No hay miedo, solo la grata experiencia de haber compartido un tiempo con desconocidos en un espacio público seguro, un espacio de todos. Pasadas las nueve de la noche, hay hombres y mujeres felices que caminan por las aceras de una ciudad, todavía peligrosa pero suya. Si eso no es un milagro, nada más lo es.

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Este es un trabajo de la Red de Periodismo de Investigación de la Fundación Periodistas Sin Cadenas (FPSC) con nuestros medios aliados: Indie Criollo, Tierra de Nadie, Plan V y La Barra Espaciadora.


