En 2023, la Asamblea Nacional aprobó una licencia de paternidad remunerada de 15 días, una medida que reconoce el derecho del padre trabajador a participar en el cuidado de su hijo recién nacido.
En Ecuador, 182 097 hogares están encabezados por padres que crían a sus hijos sin la madre, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) levantados hasta 2024.
La paternidad responsable implica participación directa y afectiva en la crianza diaria, más allá de la provisión económica, según la definición de UNICEF.
Por Shirley Cabrera Almeida
En Ecuador, durante décadas, históricamente se ha normalizado que la crianza de los hijos siga recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. A pesar de los avances en igualdad de género, la maternidad implica mayores cargas de cuidado, renuncias laborales y vulnerabilidad económica, mientras la participación de los padres es vista muchas veces como secundaria, se ha limitado, en gran medida, al rol de proveedor y, en algunos casos, hasta ausente. Sin embargo, nuevas formas de paternidad comienzan a cuestionar ese esquema tradicional. Cuando un padre asume de manera activa el cuidado cotidiano —no como apoyo ocasional, sino como una tarea permanente— incide directamente en el desarrollo emocional, cognitivo y social de sus hijos. En esa transformación se juega algo más profundo que un cambio cultural: el derecho de niñas y niños a crecer en entornos afectivos corresponsables.
Padres que cocinan, educan y acompañan rompen estereotipos y demuestran que la crianza no es un favor, sino una responsabilidad que impacta de manera positiva en el desarrollo emocional de sus hijos en la primera infancia.
Una mesa plástica que sirve para hacer tareas escolares se transforma en un taller de donas para convertir un oficio en un juego. En una habitación en la que cada noche finaliza con un abrazo antes de dormir, un gesto sencillo que reafirma la promesa de no abandono. Una sala, la playa o el parque, son espacios idóneos para improvisar una cancha de fútbol donde dos jugadores inexpertos descubren que la verdadera victoria está en el tiempo compartido. Son escenas cotidianas, pero reveladoras que se alejan de la figura tradicional del padre distante o únicamente proveedor.
Las historias de Johnny Murillo, Jefferson Ramírez y Diego Castro no idealizan el rol paterno. Hablan de sacrificios, de cansancio, de incertidumbre económica y transcurren en contextos distintos: uno recibió la custodia de sus hijos después de una tragedia, el otro reorganizó su vida laboral cuando la madre decidió no ejercer la crianza y el tercero asumió la paternidad cursando su último año de colegio.

En una sociedad que históricamente delegó el cuidado de los hijos casi exclusivamente en las mujeres, estos padres encarnan una transición cultural. No se presentan como héroes sino como hombres que entendieron que la crianza no es un favor ni una obligación secundaria, sino una responsabilidad compartida y, en algunos casos, asumida en solitario. Ellos conciben la paternidad desde la práctica diaria que impacta de manera directa en el desarrollo emocional y social de sus hijos en su primera infancia.
En Ecuador, las cifras oficiales evidencian un cambio cultural en la estructura familiar. De acuerdo con datos de 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), alrededor de 1,5 millones de hombres han asumido la paternidad de manera responsable en algún momento. Actualmente, 182 097 hogares están encabezados por padres que crían a sus hijos sin la madre. Detrás de estas cifras hay historias concretas, marcadas por rupturas, pérdidas, decisiones difíciles y nuevas dinámicas sociales que han modificado los roles tradicionales dentro del hogar.
La evidencia científica respalda la relevancia de estas experiencias cotidianas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la presencia de cuidadores sensibles, estables y afectivos no es un aspecto secundario, sino un factor protector determinante frente a la violencia, el estrés tóxico y la desigualdad. En ese marco, la participación activa del padre en la crianza no solo transforma dinámicas familiares, sino que incide directamente en el desarrollo integral de niñas y niños.
UNICEF define a la paternidad responsable “como una implicación directa, afectiva y cotidiana en la crianza, yendo más allá de la provisión económica. Implica corresponsabilidad en el cuidado diario (alimentar, bañar, jugar), la educación y la protección, promoviendo el bienestar emocional del niño y la igualdad de género”.
El padre que convirtió el duelo en refugio
La rutina que tenía Johnny Murillo Viteri con sus hijos cambió de manera abrupta en octubre de 2025. Lo que antes eran visitas de fin de semana se convirtió en custodia permanente después de que su expareja falleciera, víctima de un hecho de sicariato. Sus hijos, Jacob y Gael, habían vivido en un entorno marcado por el miedo y el encierro. La justicia nunca le concedió la tenencia, pese a las denuncias y a las alertas que él hizo sobre un posible maltrato físico y psicológico que ellos estaban sufriendo.
Antes de eso, la comunicación con la madre de sus hijos era frágil y los niños vivían en un entorno que, según relata el padre, estaba marcado por el peligro y el abuso. El más pequeño llegó a pasar horas solo, bajo llave, mientras vecinos le regalaban comida por la ventana. El mayor aprendió a callar lo que veía. Ambos estuvieron presentes el día en que la violencia les arrebató a su madre. Durante semanas, cualquier camioneta negra les hacía correr a esconderse.
En la actualidad, en cambio, el miedo ha ido cediendo espacio a la confianza. “Ahora me cuentan todo”, dice Johnny. El mayor le habla de la niña que le gustaba en la escuela y de cómo aprendió a leer rápido para escribirle cartas. El pequeño, más inquieto, prefiere dibujar. En las noches, antes de dormir, leen la Biblia y oran. No es un ritual impuesto, es una forma de cerrar el día en calma.
Son niños que pese a presenciar una tragedia denotan felicidad en sus rostros. Tienen una gran conexión con el papá y facilidad para entablar una conversación sobre sus plantas asomadas en la ventana o sus juguetes favoritos. Aunque viven en un departamento de un solo ambiente, con pocas comodidades, disfrutan jugar con Luna, una perrita que también les cuida y les hace reír.

Asumir la crianza a tiempo completo implicó modificar su antigua vida. Johnny era comerciante e instalador. Viajaba, atendía importaciones, trabajaba largas jornadas. Las perchas que hoy sostienen cuadernos y mochilas antes estaban llenas de mercadería. Remató lo que pudo y redujo sus actividades. “Criar es dedicarles más tiempo a ellos que a uno mismo”, resume. Eso significa cocinar, lavar, ayudar en tareas escolares y, cuando el dinero escasea, sentarse a explicarles por qué esa semana no se puede comprar algo extra. “Antes tenía los recursos para llevarlos de viaje, pero en la actualidad solo juegan frente a la casa o en el parque”.
La economía se reorganizó con creatividad y sacrificio. Las donas se convirtieron en un emprendimiento familiar. No produce más de quince por jornada. Aunque podría hacer el doble, reconoce que el tiempo no alcanza. Los niños se involucran en la preparación y lo acompañan a entregarlas en locales del centro de Guayaquil. Disfrutan mucho el mezclar la masa, ponerla en la waflera y decorarlas. Saben que cada caja vendida a 1,50 dólares suma para la comida o para pagar el arriendo. El mayor incluso le pide al menor que no exija de más cuando el día ha sido difícil. Han aprendido que las cosas se las obtiene con esfuerzo.
La figura femenina en casa no desapareció pero cambió de rol. Su actual pareja trabaja durante el día y estudia en la noche, al igual que él. Entre ambos se turnan para avanzar en sus carreras universitarias mientras los niños hacen deberes en la mesa plástica del comedor. No planean tener más hijos por ahora.
Johnny reconoce que ha llorado en silencio. La presión económica, las deudas y la responsabilidad absoluta lo desbordan a veces. Habla de la frustración de no poder salir a trabajar como antes, de sentir que dejó de ser el proveedor exclusivo para convertirse también en cuidador principal. Pero no lo asume como una privación, siente que es su responsabilidad. “Tuve un buen ejemplo de mi papá. Él cocinaba los fines de semana y repetía que ser hombre no era excusa para desentenderse del hogar”.
En este proceso también cambió su idea de masculinidad. Rechaza invitaciones, redujo la vida social y se apartó de ambientes que no aportan a la estabilidad de sus hijos. “A veces mis conocidos me hacen bromas porque hago los quehaceres”.
Cuando se le pregunta si los niños están mejor ahora, enumera escenas cotidianas: el mayor ya no tiene miedo de salir a la calle, el pequeño duerme sin sobresaltos, hay conversaciones espontáneas sobre la escuela, las oraciones antes de acostarse. “Están más tranquilos”, afirma.
En una sociedad que suele asociar la protección de los hijos a la madre, su historia interpela prejuicios. No fue la justicia la que le otorgó el cuidado de sus dos pequeños que sufrieron maltratos, sino un infortunio. Sin embargo, en la práctica, la custodia efectiva la ejerce él cuando cocina, educa, disciplina, abraza y protege.
El cuidado como convicción
Jefferson Ramírez no piensa en el cansancio ni en las horas acumuladas bajo el sol. Trabaja en la Empresa Municipal de Aseo Santa Rosa (Emasep), como operador de recolección, en un horario que se inicia a las 7:00 y se extiende hasta las 15:30. Desde entonces, cada hora está planificada en función de su hijo de cuatro años, quien vive permanentemente con él.
La madre del niño decidió no asumir la crianza y lo entregó cuando apenas tenía un año y medio de edad. Jefferson no habla desde el reproche sino desde la convicción: “No pude dejar solo y abandonado a mi hijo. Mi recompensa es verlo feliz esperando mi regreso a casa”.

Cuenta con el apoyo de su cuñada mientras trabaja. En sus días libres, la rutina cambia y el tiempo se vuelve exclusivamente compartido. Jefferson prepara el desayuno mientras su hijo come y luego arregla la casa. También cocina el almuerzo y la merienda. Entre tareas domésticas y responsabilidades, siempre hay espacio para jugar, ver vídeos, salir a caminar o simplemente conversar. “Todo el día lo pasamos juntos”, cuenta con orgullo.
Duermen en la misma habitación, porque aún es pequeño. Antes de cerrar los ojos, nunca falta un abrazo ni un beso de buenas noches. Para Jefferson, ese gesto resume el amor que sienten. “El dinero no lo compra todo y mucho menos el cariño de un hijo hacia su padre”, argumenta.
Admite que ha tenido jornadas agotadoras y momentos en los que ha querido rendirse. Sin embargo, se recuerda a sí mismo que es el referente emocional de su hijo, su pilar y su ejemplo. “Le demuestro que un día con él es una eternidad y que estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio por su bienestar”, afirma.
Él no idealiza la paternidad. La define como una tarea exigente, llena de días difíciles, pero también como la experiencia más significativa, porque su hijo se ha convertido en el centro de su vida. “Criar no es darle todo lo que pida, es que se sienta protegido y amado”, reflexiona. Para este padre, educar es enseñar principios y, por eso, siempre le recuerda al pequeño que un centavo ganado con sudor vale más que uno obtenido de manera incorrecta.
No considera que la decisión de responsabilizarse de la crianza de su hijo lo haga más o menos hombre. Simplemente, asumió el cuidado permanente por la ausencia de la figura materna. “Mis compañeros de trabajo que conocen mi caso me elogian, pero solo estoy cumpliendo con mi responsabilidad sin esperar ningún reconocimiento”.
Jefferson reconoce que la paternidad responsable implica sacrificios y renuncias. Ha tenido días tristes y jornadas agotadoras, pero asegura que cada esfuerzo vale la pena. Su meta no es ofrecer lujos sino garantizar amor, estabilidad y principios.

Paternidad temprana, compromiso permanente
Al terminar la jornada laboral, Diego Castro nunca rechaza la invitación que le hace su hijo Ian (nombre protegido), de cinco años, para jugar fútbol. La sala se transforma en una cancha improvisada donde se disputan partidos breves, cargados de risas y celebraciones desmedidas. Allí no solo corren detrás de la pelota sino que también fortalecen un vínculo que comenzó cuando él tenía 17 años y decidió asumir con responsabilidad su paternidad.
Para ambos, practicar este deporte dejó de ser un simple pasatiempo y se convirtió en su punto de encuentro cotidiano. Durante las vacaciones escolares, entre febrero y abril, ese espacio compartido cobra aún más fuerza, pues no solo se trata de un juego, sino de la forma más simple y sincera de estar presente en la crianza. Ahí, Diego conversa sin formalidades, corrige sin regañar y enseña sin discursos largos. En cada pase hay complicidad. Son minutos de conexión, aprenden y confirman que la mayor victoria no está en el marcador sino en la certeza de estar juntos.
Su historia rompe con la idea de que la juventud es incompatible con la responsabilidad. Fue padre cuando apenas estaba dejando de ser adolescente. En lugar de huir, se quedó. Trabajó. Aprendió. Se reorganizó. Y, sobre todo, eligió estar siempre para su hijo.
Todavía vestía uniforme de colegio y empezaba a imaginar la libertad que llegaría después de graduarse, cuando su novia le contó que estaba embarazada. “Cuando uno se entera de esa noticia, siente que es lo peor del mundo”, admite. Sin embargo, entendió que debía madurar para demostrar con hechos su amor hacia su primogénito.

Para él, criar no es solo proveer. “Es tener valores, dar atención, enseñar lo bueno y lo malo desde casa”, explica. En su concepto, la paternidad implica presencia, ejemplo y acompañamiento constante. No se trata, únicamente, de cubrir gastos, sino de formar.
El momento más duro no fue cambiar pañales ni desvelarse. Fue mirar a su madre y contarle que iba a ser papá. La familia atravesaba una etapa difícil, pues su padre tenía pocos meses de fallecido. “Crecí con un padre presente y no concibo repetir la historia de la ausencia paternal que tantas veces escucho a mi alrededor. Yo no viví eso. No me sentiría bien no estar para mi hijo”, sostiene.
Luego vino el golpe económico. Sin trabajo estable y con un bebé recién nacido, la incertidumbre era diaria. Buscó empleos temporales hasta que, en 2022, consiguió un trabajo fijo.
Diego formalizó una familia con la madre de su hijo y vivieron juntos durante los primeros cuatro años. Actualmente, están separados, pero insiste en que la ruptura de pareja no significó ruptura de paternidad. Coordina con ella cada detalle, cumple puntualmente con la manutención sin procesos legales de por medio y mantiene una comunicación constante con el niño.
El vínculo entre los dos es fuerte. Cuando llega el momento de regresar a casa de su madre, el niño a veces llora y no quiere irse. “Uno también queda mal acostumbrado a tenerlo”, afirma. Conversan todas las noches cuando no están juntos. Antes de dormir, se preguntan mutuamente cómo estuvo el día. La comunicación es parte de su rutina.
También han dialogado sobre la separación. Con un lenguaje sencillo, le explican que papá y mamá ya no viven juntos, pero que ambos lo aman y estarán siempre para él. Diego cree que la presencia no se reemplaza con dinero ni con discursos. Ha participado en actos escolares, en bailes, en celebraciones y, en una ocasión, fue elegido Padre Símbolo. Sabe que esos momentos construyen seguridad emocional.
Diego cuestiona el estereotipo que reduce al padre a proveedor económico. Pero más allá del debate legal, insiste en que el cuidado no es un favor. “Eso de ayudar no va conmigo. Es nuestro hijo. No estoy ayudando a la mamá, estoy cumpliendo mi obligación que no se limita a mantenerlo, es sostenerlo emocionalmente”.
Él ha rechazado viajes y reuniones cuando coinciden con el tiempo que le corresponde compartir con su niño. Si tiene un compromiso ineludible, lo conversa previamente con su expareja. Lo que no hace —y lo dice con firmeza— es dejarlo al cuidado de su abuela solo para cumplir un plan social. “No está bien traerlo y que mi mamá lo cuide porque voy a salir. Si no puedo estar con él, se coordina. Es mi deber cuidarlo”.

Desde la psicología actual, la paternidad responsable se entiende como corresponsabilidad. Es decir, no se trata de “ayudar”, sino de asumir de manera integral el cuidado, la educación y el acompañamiento emocional, incluso cuando no existe convivencia con la madre.
Para el psicólogo educativo Emilio Carrillo Morales, con más de 20 años de experiencia, la presencia activa del padre es un factor protector en la primera infancia y es clave en la construcción de la identidad y la seguridad emocional. “Cuando la figura paterna está ausente pueden generarse inseguridades o sentimientos de abandono. En cambio, la figura paterna fortalece la autoestima, la autonomía y el sentido de pertenencia”, explica.
Además, la participación cotidiana —juego, diálogo, acompañamiento escolar— contribuye a reducir factores de riesgo asociados a problemas emocionales o conductuales. “Los padres son modelos. A través del ejemplo y la coherencia se construyen valores y habilidades sociales”, sostiene.
En un contexto donde cada vez se habla más de salud mental infantil, la figura paterna adquiere un valor preventivo. Según Carrillo, la presencia de un adulto responsable reduce factores de riesgo asociados a la depresión, el abandono o conductas problemáticas.
“Muchos factores de riesgo, como el consumo de alcohol o drogas, se han vinculado a historias donde no existió una figura masculina presente”, explica. Desde lo preventivo, el padre provee un modelo de comportamiento social con el cual el niño puede identificarse y aprender formas adecuadas para relacionarse.
Incluso cuando el padre no convive bajo el mismo techo, su participación en actividades diarias sigue siendo determinante. “Para los niños es positivo crecer junto a sus padres en las actividades cotidianas porque allí se construyen aprendizajes sobre lo que será su vida futura”, sostiene el especialista.
No obstante, asumir este nuevo rol no está exento de obstáculos. Uno de los principales desafíos es la presión social. “A veces existe vergüenza o prejuicio hacia el hombre que asume un rol más activo en la crianza”, señala Carrillo. La sociedad todavía arrastra la idea del padre exclusivamente proveedor.
Además, el equilibrio con la madre de los niños es clave. Si la dinámica familiar mantiene al hombre únicamente en el rol económico, su participación en la crianza puede verse limitada.
En la formación de valores, límites y habilidades sociales, el padre cumple un papel esencial. “Los papás son modelos sobre los cuales los hijos se desarrollan. El ejemplo cotidiano, la comunicación afectiva y la coherencia entre discurso y acción son pilares fundamentales en la construcción de una identidad familiar sólida aunque exista una separación entre los adultos”, concluye.
La Asamblea Nacional, en 2023, aprobó una ley que reconoce el derecho del padre trabajador a una licencia remunerada por paternidad de quince días, contados desde la fecha del parto, sin que ello afecte su estabilidad ni su continuidad en la seguridad social.
Según la abogada Jennifer Tacuri Rivera, quien en su investigación académica se centró en el análisis de la licencia de maternidad y paternidad, considera que todavía se reproduce una postura que asigna el cuidado principalmente a las mujeres, mientras que limita el rol del hombre al ámbito económico exigiendo solo el cumplimiento de una pensión alimenticia. “Aún existe una diferencia significativa frente a la licencia de maternidad, que es de 12 semanas (84 días), con la que se le otorga a los padres que es de menos tiempo”.
Asimismo, destaca que la Constitución reconoce el derecho al cuidado y la obligación compartida entre madre y padre, pero la normativa laboral aún mantiene una visión desigual. Esta diferencia, según la abogada, perpetúa roles de género tradicionales y limita la presencia activa del padre en la crianza. En su investigación, también analizó sentencias de la Corte Constitucional que subrayan la importancia de reconocer el cuidado como un derecho fundamental, especialmente en la niñez, y cómo la falta de impulso en este ámbito ha desprotegido la figura paterna en la legislación ecuatoriana.
En el ámbito judicial ecuatoriano, los procesos de tenencia suelen favorecer a la madre. Cuando un padre solicita ese derecho debe presentar pruebas claras de negligencia, maltrato o incumplimiento de la progenitora en sus responsabilidades. Sin embargo, incluso con evidencia, los procesos suelen ser largos, lo que retrasa la posibilidad de que el padre obtenga una resolución favorable. La abogada señaló que mientras las denuncias presentadas por mujeres generan medidas de protección casi inmediatas —en un plazo máximo de dos días—, las presentadas por hombres pueden tardar más de seis meses en resolverse, dependiendo de la carga procesal. “Es preferible que la pareja logre superar sus diferencias y alcance acuerdos en torno a la crianza de sus hijos, antes que recurrir a instancias legales que suelen ser prolongadas y desgastantes”.
Tacuri afirma que la presencia del padre en los primeros años de vida de los hijos es esencial para su desarrollo intelectual y emocional, además de contribuir a reducir la brecha de género. La abogada enfatizó que reforzar la participación masculina en el hogar, comenzando por el incremento de la licencia de paternidad, sería un paso clave para transformar las estructuras sociales que aún consideran al hombre únicamente como proveedor económico y a la mujer como cuidadora principal.
Al final, la paternidad responsable no se define en tribunales, sino en la constancia de lo cotidiano. Se construye cuando un padre decide quedarse, escuchar, acompañar y sostener incluso en medio del cansancio o la incertidumbre. En las historias de Johnny Murillo, Jefferson Ramírez y Diego Castro, la figura paterna se aleja del estereotipo distante y genera confianza: en la conversación después de la escuela, en el abrazo antes de dormir, en el juego improvisado que termina en risas. Son gestos simples, pero profundos, que revelan que la verdadera transformación de la paternidad ocurre a diario, allí donde el cuidado deja de ser un rol asignado y se convierte, simplemente, en una presencia que forma, protege y deja huellas duraderas en la vida de los hijos.


