Monitores waorani de dos comunidades midieron la calidad del agua de sus ríos y quebradas y registraron 60 especies de peces comestibles. Los resultados quedaron plasmados en un estudio que combinó protocolos científicos con el conocimiento ancestral.
Los resultados que ahora salen a la luz son el colofón de un proceso que se llevó a cabo en dos comunidades ubicadas en el noreste de la Amazonía ecuatoriana entre marzo de 2021 y marzo de 2022. Frente a amenazas crecientes, como la expansión de la minería ilegal, el estudio sirve como base para promover la creación de una reserva fluvial con la que se protegerían los ecosistemas acuáticos y sus usos.
Por Ana Cristina Alvarado
Durante un año, monitores de dos comunidades waorani del sistema fluvial Curaray-Nushiño, en la Amazonía ecuatoriana, midieron cada semana la calidad de las fuentes de agua cercanas y registraron 60 especies de peces comestibles. Este programa de monitoreo comunitario integra el conocimiento ancestral con protocolos científicos.
Los resultados fueron documentados en un artículo científico publicado en febrero de 2026 en la revista Frontiers in Environmental Science. Daniela Rosero López, coordinadora de investigación del Laboratorio de Ecología Acuática de la Universidad San Francisco de Quito, lideró el estudio.

Los monitores midieron, entre marzo de 2021 y marzo de 2022, diferentes parámetros de la calidad del agua, como temperatura y pH, en las quebradas que alimentan el sistema fluvial Curaray-Nushiño, que desemboca en el río Napo en Perú. Los análisis se realizaron en las comunidades Gomataon y Geyepade, ambas en el noroeste del territorio waorani, un bloque de cerca de un millón de hectáreas.
“Es agua en muy buena calidad, los ecosistemas están en muy buen estado”, dice la investigadora sobre uno de los principales hallazgos. La información recabada sirve como referencia para futuros estudios. Este es un insumo fundamental principalmente ante el avance de la minería ilegal en la Amazonía ecuatoriana.
La actividad ilícita se realiza en las partes altas de la cuenca, lejos de las zonas donde se tomaron las muestras, de acuerdo con Gonzalo Nenquimo, líder de la comunidad Gomataon y coautor de la publicación. Además, hace cinco meses, relata, mineros artesanales de la comunidad adquirieron una draga, causando impactos en las riberas. Ahora, cuando los caudales bajan, el agua “está sucia”, dice, dificultando la pesca de buceo y las actividades de recreación de los niños.

Durante el monitoreo, las fuentes de agua de Geyepade, de mayor tamaño y con más miembros, presentaron valores más altos en el índice de Presiones Antropogénicas que Gomataon, aunque las cifras no presentaron diferencia estadística. Asimismo, en los índices de integridad ecológica combinados, Gomataon obtuvo mejores resultados que Geyepade.
Pese a las diferencias, ambas comunidades obtuvieron una calificación “muy buena” en la categoría de calidad y “excelente” en estado ambiental. “Encontramos un poco menos de diversidad porque hay muchos más habitantes y existe una demanda de recursos mayor”, añade Rosero López sobre Geypade.
“Es un estudio diferente porque une el conocimiento indígena local con la ecología”, dice Daniel Escobar, biólogo especialista en ecología acuática.
El territorio era poco conocido
El Curaray es un río de aguas blancas que recorre más de 800 kilómetros. Se caracteriza por ser bastante sinuoso. Sus cabeceras, ubicadas entre los 289 y los 640 metros sobre el nivel del mar, forman parte de un corredor biológico entre el Parque Nacional Yasuní y el Parque Nacional Llanganates, y albergan territorio waorani y kichwa.
Los pueblos indígenas, según el artículo, han dependido de este río para desplazarse, pescar, cultivar y establecer sus comunidades. Sin embargo, se conocía poco de este ecosistema acuático. Esta fue una de las conclusiones de una evaluación de vacíos de información que se llevó a cabo en el laboratorio que coordina Rosero López.
Mientras tanto, además de la minería ilegal, el territorio enfrenta presiones crecientes, como la tala de madera, la pesca ilegal y la expansión de la frontera petrolera. Nenquimo además señala que están “cada vez más amenazados por campamentos de cazadores ilegales”.

En 2018, la organización Wildlife Conservation Society Ecuador (WCS) se sumó para cerrar la brecha de conocimiento y se hicieron dos campañas para investigar la biodiversidad acuática. “Hay una biodiversidad increíble, encontramos peces nuevos y registramos especies que no se habían reportado para Ecuador en la zona”, dice la investigadora.
Los científicos volvieron en 2021 para entender mejor la relación de las comunidades con los ecosistemas. Los miembros de Gomataon mostraron interés en conocer su entorno desde la perspectiva científica. De manera específica, querían saber cuál era el estado del agua que usan a diario en sus actividades cotidianas y de los peces, una de sus principales fuentes de proteína.
Información para el presente y el futuro

El equipo científico realizó talleres introductorios y visitas de campo de entre cinco y siete días en cada comunidad, con traducción continua entre español y wao tededo, el idioma waorani, de acuerdo con la metodología descrita en el estudio.
Las sesiones se diseñaron como espacios informales e interactivos donde los miembros de la comunidad podían plantear inquietudes y aportar su propio conocimiento. “Ellos sabían qué afecta a su ecosistema y de qué cuerpos obtener agua de mejor calidad para beber”, puntualiza Rosero López.
Los horarios de los talleres se ajustaron para permitir la participación de las mujeres y no interferir con las labores agrícolas. Su presencia era importante porque ellas son las que más se relacionan con el agua diariamente debido a las actividades del cuidado del hogar, describe la investigadora.

Para medir la calidad del agua, los científicos armaron un conjunto con sensores de calidad del agua y placas petri listas para usar, destinadas a evaluar la presencia de coliformes y E. coli en el agua de consumo. Fue llamado Kit Omanca, en honor a la matriarca de Gomataon que guió con su conocimiento del territorio el trabajo de los investigadores y de los jóvenes waorani.
“Aprendimos a calibrar los equipos, en cuánto tiempo tenemos que medir, y a levantar la información”, cuenta Nenquimo. También usaron GPS para marcar la ubicación de las tomas. “El reto fue aprender a manejar estos aparatos nuevos, tomando en cuenta que en la selva no los usamos”, agrega.
Los monitores registraron los datos semanalmente en formularios estandarizados y los enviaron por WhatsApp al equipo técnico.

En paralelo, los científicos hicieron once visitas a campo, cinco en temporada húmeda y seis en temporada seca, para evaluar la integridad ecológica de cuatro quebradas mediante índices que analizan las presiones antropogénicas, el hábitat fluvial, la calidad ribereña y la diversidad y abundancia de macroinvertebrados.
Para conocer la diversidad de peces, los monitores fueron capacitados en el registro de las especies capturadas mediante la aplicación Ictio, una base de datos de ciencia ciudadana. “Había mucho orgullo por lo que había en sus ríos”, cuenta Rosero López. Registraron 60 especies de peces comestibles. Las más reportadas fueron el bocachico (Prochilodus nigricans) y el barbudo (Pimelodus blochii).
Nenquimo cree que esta información es de utilidad para los niños, principalmente para las futuras generaciones que “no tendrán este tipo de peces, porque cada día los ríos están más amenazados por la minería ilegal”.
Una reserva fluvial está en la mira

Los ancianos compartieron su conocimiento sobre la dinámica fluvial, la ubicación y los hábitats de los peces. También expresaron su preocupación debido a que los jóvenes están abandonando las comunidades y perdiendo los saberes. “Omanca ve desconexión de la gente con la tierra y eso le preocupa porque no va a haber nadie que la defienda”, puntualiza Rosero López.
Aun así, mujeres y jóvenes se unieron a la iniciativa. En Geyepade, las mujeres tuvieron una participación inicial menor, pero su involucramiento creció a medida que las actividades de monitoreo se integraron a su rutina. En Gomataon, en cambio, las mujeres se vincularon desde el inicio por la conexión que tienen con el agua.
Además, con base en un gráfico que muestra la variación del caudal del río y el conocimiento local, identificaron cuatro fases acuáticas relacionadas a la movilidad fluvial, la pesca en el río principal y las quebradas pequeñas, la formación de hábitats y los ciclos agrícolas.

“Es algo necesario, es algo que se debe hacer”, dice el biólogo Daniel Escobar sobre el trabajo colaborativo entre científicos y comunidades locales. “Las personas que viven en el territorio son las que se van a beneficiar más del conocimiento y las más afectadas cuando les pasa algo a los ecosistemas. El monitoreo es esencial para su gobernanza”, añade.
El estudio identifica limitaciones importantes. Una de ellas es la falta de reconocimiento del conocimiento indígena en el marco de la política ambiental. Para los autores, esto dificulta que los hallazgos se traduzcan en acciones concretas. Además, Rosero López admite que el nivel de acción de los científicos “está limitado”, por lo que deben buscar soluciones para que sus hallazgos sean trascendentales a través de medidas concretas.
Los resultados del proyecto contribuyeron para desarrollar la propuesta de la Reserva Fluvial Curaray-Nushiño, que busca conservar los servicios ecosistémicos de los ríos y lagunas de los que dependen los waorani. Aunque la iniciativa no despegó, para el biólogo Daniel Escobar es un punto de partida que puede tener éxito en el futuro.

“Las reservas fluviales buscan mantener la dinámica ambiental entre lo natural y la gente a lo largo del tiempo”, precisa Rosero López.
Nenquimo asegura que los miembros de Gomataon están interesados en conseguir esta declaratoria. Rosero López opina que el camino es que los pueblos indígenas de la cuenca Curaray-Nushiño lideren la petición para conservar un punto caliente de biodiversidad y uno de los ecosistemas acuáticos menos explorados de la Amazonía ecuatoriana.
REFERENCIA
Rosero-López, D., Villamarín, C. N., Nenquimo, G., Varese, M., Daza, J. R., & Encalada, A. C. (2026). Linking indigenous ecological knowledge to fluvial-territories management in Ecuadorian Andean-Amazonian watersheds. Frontiers in Environmental Science, 13, 1716803. https://doi.org/10.3389/fenvs.2025.1716803
Imagen de portada: El territorio waorani analizado en el estudio forma parte de un corredor biológico entre el Parque Nacional Yasuní y el Parque Nacional Llanganates. Foto: cortesía Laboratorio de Ecología Acuática de la Universidad San Francisco de Quito
Esta es una publicación original de nuestro medio aliado Mongabay Latam.


