Hiedra: la infancia que vuelve en silencio

Azucena cuida a su abuelo. Julio cuida bebés en un orfanato. Ambos buscan recuperar algo perdido: su infancia. Así se teje la conexión en Hiedra, la nueva película de Ana Cristina Barragán, un filme que explora la infancia, el abandono y la ternura a través de los silencios, los gestos y las miradas.

Hiedra te obliga a la pausa, a procesar lo que acabas de ver. La más reciente película de la cineasta ecuatoriana Ana Cristina Barragán se estrena el 12 de marzo. En palabras de su directora, esta es la fecha elegida para “estrenar en casa”.

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Por Emilia Paz y Miño

En el imaginario colectivo, la hiedra suena y rima con mala hierba, escala las paredes y se toma los espacios donde no es deseada. En la película, la lectura es distinta. Con un acompañamiento sonoro y visual muy potentes, Hiedra te lleva al pasado, te hace pensar en la infancia, la maternidad, el abandono y la ternura, de la mano de sus personajes Azucena (Simone Bucio) y Julio (Francis Eddú Llumiquinga).

Azucena tiene 30 años, pero bien podría aparentar menos. Tiene una conexión especial con su abuelo, para quien compra postres a espaldas de su madre, a quien cuida con devoción y a quien le lee poesía, algo que también hacía Ana Cristina Barragán –guionista y directora de Hiedra– con su abuelo Gil Baragán, destacado político ecuatoriano, exministro y exmiembro de la Cámara de Representantes de Ecuador.

Julio, por otro lado, está por cumplir 18, la edad límite en la que puede continuar en el orfanato. Al ser su último año debe buscarse la vida junto a sus amigos que bordean la misma edad. Él ayuda a las monjas superiores a cuidar a los bebés, a maternar, casi como Azucena lo hace con su abuelo.

Ambos crean una amistad que al inicio luce forzada, pues vienen de espacios distintos, aunque ambos buscan recuperar algo perdido: su infancia.

La mayor parte de la escenografía sucede en la ciudad, en el páramo las conexiones más profundas. Fotografía: Cortesía.

Hiedra explora temáticas muy duras: el abuso, la orfandad y el abandono. Para ahondar en estos temas, Ana Cristina investigó durante dos o tres años, acudió a un sitio de acogida y convivió con  jóvenes de entre 17 y 18 años que, al igual que Julio en la película, están por salir a buscar su destino. El actor que interpreta el papel de Julio explica que no fue difícil el trabajo con los bebés. Él tiene tres hermanos menores y cuando dos de ellos eran pequeños, ayudó en su crianza. 

Los conejos evocan la idea de cuidado y protección y de tener el control sobre algo. Fotografía: Cortesía.  

La puesta en escena evoca a la niñez, al pasado, a un Ecuador que convive con la antigüedad y con la modernidad al mismo tiempo. Colores pastel, pequeños detalles en las casas y el orfanato, acompañados con una musicalización que busca llenar cada largo silencio, hacen que la intimidad de los personajes traspase la pantalla. La banda sonora es sutil, suave. “No sabes si es parte del sonido o es música”, comenta Claudia Baulies, la compositora, y añade que buscaban jugar con la memoria.

Los silencios y las pausas son momentos de conexión entre los personajes. Con diálogos cortos pero contundentes, logran que más allá de la voz, sean sus gestos y el ambiente los que complementen las palabras. El plano cerrado que acompaña gran parte de la película y el foco de la cámara puesto sobre los personajes crean esta intimidad y entran, de cierta forma, en la psiquis de cada uno. 

Este juego visual, sonoro y de ambigüedades abre una historia paralela. Adrián Durazo, director de fotografía, cuenta que al leer el guion supo que sería difícil “no hacer una buena película”. Para él, esos espacios de silencio y paciencia en el cine son “lo más bonito”. “Más allá de las palabras, ¿qué te da un gesto?, ¿qué te da un movimiento sutil, un intercambio de miradas? ¿Qué puede darte que no te pueda dar una frase, una palabra?”.

Hiedra habla de la infancia, la maternidad, el abandono y la ternura. Es un viaje que convive en el pasado y en el presente. Fotografía: Cortesía.

Las tomas abiertas permiten respiros. Son la oportunidad de mostrar los entornos en los que Azucena y Julio se desenvuelven. Son su cotidianidad, sus sitios seguros, son los escenarios en los que transcurren sus vidas. Muestran cómo el uno encaja en el mundo del otro y cómo, entre juegos en el parque, salidas a bailar, caminatas y tiempo compartido con sus amigos del orfanato, se siente una infancia en la adultez. Esa infancia que a cada uno le fue arrebatada de forma violenta y que, al mismo tiempo, los une. 

La película también tiene momentos de bromas internas entre los personajes que nos hacen reír a nosotros porque tal vez nos las han dicho o las hemos dicho alguna vez. La conexión es un guiño a algo ecuatoriano. Si bien la directora y el productor son de Ecuador, el largometraje es coproducido con profesionales de México, Cataluña y Francia. Ana Cristina Barragán dice que Hiedra fue transformadora para todo el equipo y que es un proyecto “con mucha alma, entregando lo más sensible”.

De izquierda a derecha, Adrián Durazo, director de fotografía; Francis Llumiquinga, protagonista; Ana Cristina Barragán, directora y guionista; Simone Bucio, protagonista; Claudia Baulies, compositora; Alisarine Ducolomb, directora de arte, y Joe Houlberg, productor. Fotografía: Cortesía.

Hiedra es fuerte y libre desde la concepción. Ana Cristina confiesa que la escribió en un estado entre dormida y despierta: “Casi siempre antes de dormir venían un montón de imágenes, a través de sueños, como de un lugar más instintivo”. No quería que esta película fuera tan domesticada ni que fuera tan personal como sus dos anteriores filmes, Alba (2016) y La Piel Pulpo (2022). 

Su apuesta por escribir desde un lugar menos controlado dio frutos: en 2025, la película obtuvo el premio a Mejor Guion en la prestigiosa sección paralela Horizontes (Orizzonti), de la 82ª edición del Festival de Cine de Venecia. Un reconocimiento del que se enteró la noche anterior. Creyó que era una broma del productor Joe Houlberg —quien fue el primero en recibir la noticia— y luego puso a todo el elenco y al equipo a buscar el mejor vestuario para la gala, recuerdan entre risas Ana Cristina y Francis Eddú Llumiquinga, quien interpreta a Julio.

Ana Cristina Barragán con el premio Orizzonti al mejor guion en el Festival de Venecia, donde se estrenó la película. Fotografía: Cortesía.

Hiedra es una película que ves una vez en pantalla, pero que sigue reproduciéndose decenas de veces en tu mente después de salir de la función.


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